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La foto



La mujer de la foto sonreía. No estaba sola, miles, decenas de miles de fotos la rodeaban en un montón inmenso: orgullosos y marciales soldados, niños pulcros con pantalones cortos y grandes moños, ancianos que miraban serios esa máquina que no entendían del todo. Y ésa era sólo una de las montañas: fatigadas pirámides de zapatos con los cordones anudados inútilmente, esperando aún el trajín de sus dueños, pilas y más pilas de ropas variopintas, de mujer, de hombre, de niño. Y un surtido caótico de cochecitos de bebé, gafas, llaves, plumas estilográficas, maletas con los nombres de sus dueños… un universo entero de cosas que alguna vez fueron animadas por manos y cuerpos  tragados por el olvido. Pero no podía dejar de mirar la foto de la mujer sonriente, y aunque en el enorme recinto imperaba un silencio sepulcral, quise taparme los oídos para no oír más los angustiosos alaridos de terror cuando se cerraba la puerta, se apagaba la luz, y comenzaba el siseo.


©Todos los derechos reservados

Crédito: Museo de Auschwitz-Birkenau
 

El forense que cometió un pequeño error de cálculo



El doctor Bill Bass es una leyenda en el campo de la criminología, la antropología forense y la entomología forense. Es el creador de la “granja de cadáveres”, un sitio donde se estudia algo que parece repugnante, pero que es esencial para la resolución de muchos crímenes: la descomposición de los cuerpos. Ha hecho enormes contribuciones a la ciencia forense y ayudado a resolver multitud de casos criminales. Pero es humano, y a veces puede meter la pata. Y cierta vez, vaya si la metió.

En 1977 recibió una llamada desde Franklin, Tennessee: en una antigua casa había un pequeño cementerio que albergaba cuerpos que se remontaban a la Guerra de Secesión. Una de ellas, la del Teniente Coronel William Shy, muerto en 1864 en la batalla de Nashville, había sido profanada. En un primer momento el sheriff local echó un somero vistazo, decidió que seguramente habían sido saqueadores en busca de objetos de la guerra civil y pasó del tema dado que era Navidad, prometiendo volver unos días después.

Efectivamente, volvió el día 29, y al remover un poco la tierra suelta, encontró algo espeluznante: un cadáver reciente, elegantemente vestido y decapitado. Lógicamente se formó un revuelo, y como aquello necesitaba la intervención de un especialista, llamaron a Bill Bass. Éste, no sin trabajo, extrajo el cuerpo y lo llevó al laboratorio. El cuerpo no olía precisamente a rosas, pero estaba aún sonrosado y Bass calculó que llevaba muerto unos meses, pero sin duda menos de un año.

Dr. Bill Bass
Había cosas desconcertantes: la elegancia de la ropa (¿quién se viste de punta en blanco para profanar una tumba?), el hecho que faltara la cabeza, y otros detalles que no cuadraban. Finalmente, los ayudantes del sheriff encontraron la cabeza dentro del ataúd de hierro, o más bien lo que quedaba de ella: el cráneo estaba partido en diecisiete pedazos. Tras reconstruirlo, resultó evidente que ese hombre había muerto por un disparo de un arma de gran calibre.

Y entonces Bass recibe una llamada del laboratorio: la elegante ropa (al principio pensaban que podría tratarse de un camarero o incluso un asistente a una boda) era exclusivamente de algodón, no tenía etiquetas, y los pantalones eran muy extraños: las perneras se cerraban con cordones. Una desagradable sospecha empezó a corroer a Bill: tal vez no se trataba de que un asesino hubiera tratado de ocultar a su víctima dentro del ataúd (buen lugar para esconder a un muerto), sino todo lo contrario. Y cuando llegaron los análisis de tejidos del cuerpo, las sospechas se confirmaron: el cuerpo era el del Tte. Coronel Shy, muerto por un disparo a bocajarro en la frente. ¿Y porqué el cuerpo estaba tan bien conservado? Porque al ser miembro de una familia pudiente, había sido embalsamado, y el hermético ataúd de hierro había ralentizado la actividad microbiana por falta de oxígeno.

El pitorreo fue monumental: ¡una eminencia forense se había equivocado en 113 años al datar la fecha de la muerte! El viejo soldado fue vuelto a enterrar con honores militares, y el pobre Bass, durante el resto de su carrera, tuvo que oír en los juicios la inevitable pregunta de los abogados… “¿es cierto o no que usted se equivocó en 113 años al datar la fecha de una muerte? No hay más preguntas, su Señoría”.

Pero esta rocambolesca historia sirvió de mucho: Bass se dio cuenta de lo poco que se sabía sobre los procesos post-mortem, y lo fundamental que resulta ese conocimiento para la criminología, así que en cierto modo esta monumental pifia fue la que, décadas más tarde, lo impulsó a crear el Centro de Investigación Antropológica, que tan buenos servicios ha prestado. Dicen que de los errores se aprende, y es muy cierto.

Fuente: Bill Bass, "Death's Acre"

Sarajevo


Amanecía tranquilo ese día en Sarajevo. Como por arte de magia no se oían disparos ni cañonazos, hasta Sniper Avenue estaba tranquila. Algunos fantasmas furtivos comenzaron la liturgia destinada a verificar si estaban activos los snaiperisti, los francotiradores bosnios: asomaban cascos, cabezas de maniquíes ensartados en un palo, a ver si recibían el pepinazo. Pero hoy no, todo estaba tranquilo. Demasiado tranquilo, hubiera dicho el cabrón de John Wayne. Lentamente, de manera furtiva, figuras como fantasmas comenzaron a surgir de las sombras de los edificios desconchados por las balas y la metralla. Iban en busca de agua, de pan, de algún lujo inconcebible como una lata de sardinas o una vela. Desaparecida la Federación Yugoslava, pagaban con lo que tenían a mano: anillos, pulseras, como en los tiempos de los nazis y los ustachi, a veces con sus propios cuerpos, como era el caso de Lijliana. Era joven, maravillosamente joven, delgada (aunque todo el mundo andaba delgado en Sarajevo por los años ’90), pelirroja de unos profundos, increíbles ojos azules. Era un oxímoron verla moverse entre las ruinas, tan bella en sus ropas raídas, con su falda roja, tan íntegra en esa ciudad destrozada que apestaba a pólvora, humo y cadáveres en descomposición bajo las ruinas. 

Hoy su objetivo era pan, tenía dos hermanitos a los que no podía explicarles la política de la Unión Europea ni de los neonazis croatas. (ellos, como ella, sólo sentían la mordedura del hambre. No había lugar para la política). Cerca de la plaza divisó su objetivo, unos soldados al parecer ganduleando. De todos modos, mataban el tiempo con una bala en la recámara, el fusil sin seguro, y un ojo avizor... ellos sabían que no había ningún alto el fuego oficial. En cuanto Lijliana apareció en la plaza sonrieron complacidos, era la única nota de color y belleza en la ciudad demolida, el único toque de ternura en sus breves y brutales vidas, que diría Hobbes. Ella sonrió también, no les guardaba rencor por tener que entregarles su cuerpo a cambio de pan... por lo demás, eran unos críos, y muchos se la jugaban dándole raciones del ejército que ella no les pedía, exponiéndose a un consejo de guerra, o a un limpio tiro en la nuca si el oficial al mando tenía un mal día o simplemente era un hijoputa. Entablaron una conversación acerca de lo insólito del día... a pesar del hedor, el aire estaba limpio, y el cielo diáfano del amanecer prometía buen tiempo. Eso era malo, dijo un hosco sargento, facilitaba el trabajo de los sanaiperisti. Lijliana rió, con su voz cristalina... parece que se han quedado dormidos, dijo. Esos perros nunca duermen dijo ásperamente el sargento, haciéndose el duro  pero derretido como un niño ante la cálida belleza de la joven. Cuatro soldados querían sus servicios, no sin pudor y asco por aprovecharse de su situación. Añadieron al pan que pidió Lijliana unos botes de sardinas y un tarro de leche en polvo de la NATO, mientras el suboficial parecía súbitamente interesado en un lejano edificio humeante. Lo harían en un coche despanzurrado, que albergaba en su interior un colchón, saqueado de alguna casa destruída. Ella dejó vagar su mente, pensaba en sus hermanitos que hoy al menos tendrían una comida decente, al menos para los cánones de Sarajevo. Los chicos fueron considerados con ella, no la trataron bruscamente ni se demoraron más de lo necesario. Ella, al terminar, se sentó en el maletero abierto, dejando que el sol incipiente le calentara las largas piernas.

Del otro lado de la avenida, un snaiperisti se aburría. Escuchaba a U2 con una oreja, mientras tenía la otra atenta a la radio. Hoy la ofensiva se había retrasado debido a no se sabía que historias con la provisión de munición para morteros. De repente la radio crepitó, y el bosnio apagó de mala gana el walkman. Reportó su posición, y se dispuso a hacer su tarea. Maldita la gana que le hacía, con ese día espléndido...pero por otra parte, con tan buen tiempo habría largas colas para el pan y el agua, magníficos blancos para los morteros y él mismo. Comenzó a recorrer la acera opuesta con la mira telescópica, y se quedó de piedra... unas bellísimas piernas apenas cubiertas por una falda roja asomaban, balanceándose, de la parte trasera de un coche destruído. ¿estaba loca esa tía? Lentamente centró la mira en un muslo, sabiendo que la bala explosiva arrancaría la pierna, y que cualquiera que anduviera cerca sin duda acudiría a ayudarla. Quitó con parsimonia el seguro e hizo fuego. Tal como había previsto, la pierna estalló en mil pedazos.
Lijliana aulló de dolor, cayendo fuera del coche, sin poder pensar, sin sentir nada más que el dolor lacerante. Los soldados la miraron incrédulos, y se precipitaron hacia ella, a pesar de la orden que ladró el sargento...en cuanto la rodearon, cuatro tiros en rápida sucesión los abatieron, mientras Lijliana  rompía el frío aire con sus alaridos. Finalmente, un último disparo en la cabeza puso fin a su agonía.
Del otro lado el snaiperisti, apoyó el fusil, sacó su libretita, apuntó la hora y un número: cinco. No estaba mal. No estaba mal para comenzar el día en Sarajevo.

©Todos los derechos reservados


Crédito de la imagen: Ron Haviv

Amanecer


Una oscuridad roja y líquidos que corren, y el lejano, regular, incesante tam-tam. Y los oscuros pensamientos que no son pensamientos y los movimientos leves, breves, furtivos, lentos. Las sacudidas, el balanceo, el girar, ni arriba ni abajo, sólo un Aquí. Y el tiempo no existe, ni ayer, ni ahora, ni mañana, por supuesto. La paz anterior a la Caída, cuando el mundo era joven. El apacible mar rodeando todo, marcando los suaves límites imprecisos. El obsesionante latido, y los fluidos, y cada cosa en su lugar preasignado, cumpliendo silenciosamente su función y su propósito. Cosas que aún no cumplían función alguna, pero que lo harían, sí que lo harían. Y cosas que ahora funcionaban, y más tarde serían inútiles e innecesarias. Pero en ese tiempo sin tiempo, en ese espacio ingrávido todo era posibilidad, promesa, futuro, si tal cosa existía. Todo transcurría exacto, invariable pero cambiante, cada vez más y más complejo, como si el orden ilusoriamente le ganara la batalla a la entropía. Los sistemas crecían, se ampliaban y diversificaban, y los líquidos corrían, y el lejano tambor batía y batía. Alguna vez un pequeño sobresalto, una irrupción, un momentáneo desorden. Algo que empujaba rítmicamente desde abajo (¿abajo?) mientras el sonido lejano se aceleraba y todos los humores corrían más deprisa. O presiones desconocidas desde delante o arriba (¿?). Pero Ahora, ahora hay un Ahora, algo cambia, el Universo se cierra, se comprime, el lejano sonido se acelera más, cada vez más y la presión y un dolor y deslizarse y caer y el horror y el miedo atrozmente primitivos sin nombre aún, sólo miedo y de repente el estallido, la luz, el aire.

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feto


Elisa

                                Argentina, tras el golpe de estado de Videla,1976

Mil cosas acudieron a su mente en ese momento… recordó la noche terrible en que su padre (su Dios) volvió a casa desencajado, pálido, ausente. Recordó a su madre angustiada llevándolo a su habitación, la larga conversación punteada de sollozos, el torpe intento posterior de explicarle que papi no tenía trabajo, los fríos días en que no había nada en la mesa, la sensación de desconcierto en su mente infantil, que no se explicaba la relación entre esos dos sucesos.

Recordó la lenta desintegración de su familia: su padre cada vez mas hundido en la bruma del alcohol, de la que sólo salía en ocasionales arrebatos de cólera, su madre avejentada, destruida por la miseria y las preocupaciones, su hermana que cada vez pasaba menos tiempo en casa... quizá allí comenzó todo el ovillo que hoy terminaba de desenvolverse.

Elisa siempre había sido independiente y fuerte, arrogante según algunos, pero él sabía que su corazón indómito latía con el fuego de la Justicia. Una noche la sorprendió despidiéndose de un amigo en la puerta de casa; espió con la esperanza de ver un beso furtivo, pero sólo vió cómo ella sacaba algún objeto pesado debajo de su campera y se la pasaba a su acompañante, que lo ocultó también en la parte trasera de su cintura, oculto por el abrigo... él era pequeño, pero aquellos (como éstos) eran tiempos difíciles, en los que la inocencia moría enseguida. Calló siempre esta escena, la atesoró en su corazón, sin que ella supiera que compartían ese secreto...
El tiempo pasó, y las cosas iban a peor. Elisa ya casi no venía, y él convivía con la silenciosa desesperación de su madre y el fantasma de su padre. Hasta aquel día. Tres hombres jóvenes llamaron con fuerza a la puerta nocturna. Era mal presagio, nadie llama a tu puerta de noche. Al abrir, se precipitaron dentro llevando el cuerpo roto y ensangrentado de Elisa. Hablaron algo de un enfrentamiento con los milicos, que no se preocuparan, que la Orga iba a hacerse cargo de todo por la mañana, que escondieran el cuerpo hasta que ellos se lo llevaran. Partieron tan rápido como habían venido, sombras en la noche. Se quedaron alrededor del cuerpo, en un estupor sólo quebrado por el llanto de Mamá. Él acarició el rostro inmóvil, tranquilo, noble, y reparó en el bulto que ocultaba la chaqueta.

Ahora esperaba, inmóvil como una estatua bajo la lluvia. La zurda le dolía de apretar la culata, pero nada sentía. Ni rabia, ni dolor... no pensó en la Justicia, ni en el Pueblo, ni en ninguna abstracción . Sólo esperó a que el milico pasara a su lado y levantó el brazo, lentamente, deliberadamente. Sonó el estampido, y quedó solo bajo la lluvia, en una calle cualquiera, en un día como todos.



Un día en mi vida

lanzamiento-endeavour
Ahí voy yo
De los lectores de este blog, hay cinco que me conocen en persona y un montón que me conocen de Facebook: esas personas saben algo de mi día a día. Pero los demás puede que crean que no tengo nada más que hacer que sentarme frente al ordenador a jugar Modern Warfare (si no sabes lo que es esto, te has perdido lo mejor de la vida) o escribir estas boludeces. Pues no, llevo una vida de lo más atareada, y para que me conozcan un poco más les voy a contar cómo es un día cualquiera en mi vida.

Por ejemplo ayer. Me levanté como siempre, a las 3:30 de la mañana, no porque siga la regla de la orden benedictina y fuera el fin de Maitines, sino porque el día se me queda corto. Para empezar el día lo mejor es un desayuno nutritivo, de modo que opto por el desayuno tipo anglosajón, que mezcla el café, el zumo de naranja, el bacon, las alubias, el huevo frito y demás. El problema es que, curiosamente, odio desayunar, de modo que tras vomitar todo eso me tomo un Primperán® y un té con limón. Y ayer ni eso: un timbrazo me hizo saltar de la silla, y al abrir me encontré cara a cara con un equipo de la NASA. Resulta que se les había puesto malo un astronauta, y como soy uno de los más activos participantes de su web (han acuñado incluso para mí una cariñosa expresión en spanglish: "the fucking argentine incordio") pensaron que podría reemplazarlo, ya que su misión se trataba meramente de ser sujeto pasivo de un experimento.

Así que montamos en el helicóptero que habían dejado en la calle, transbordamos a un avión secreto que tiene la NASA construído con tecnología extraterrestre y con este trasto llegamos a Baikonur en media hora. Tras un rápido chequeo médico (a ver... una cabeza, dos brazos, dos piernas... está usted bien para volar, tovarich), me embutieron en el engorroso traje especial y me subieron a bordo, junto a mis camaradas Dimitri y John. La cuenta atrás en ruso resulta de lo más curiosa, pero me temo que volver a oírla en inglés, desde cabo Cañaveral, es cosa problemática. En fin, el caso es que nos lanzaron y llegamos sin novedad. La verdad, la Estación Espacial Internacional me resultó sorprendentemente grande, pero no tuve tiempo de admirarla: me ataron a una camilla, me llenaron de cables, y comenzaban a inyectarme dios sabe qué, cuando empezaron a destellar luces rojas por todos lados: ¡el maldito trasto se estaba despresurizando! Logré soltarme como pude (los malditos bastaros me habían dejado ahí), y me abrí paso como pude, entre gente que flotaba tratando de encontrar la fuga, y de paso haciendo callar de un trompazo a Dimitri, que no hacía sino gritar ¡Боже мой, мы все умрем!, poniéndonos nerviosos a todos. Cogí un papel, lo hice confeti, y lo fui siguiendo hasta el punto donde era absorbido: una minúscula grieta expelía el aire hacia afuera. Como llevaba mascando chicle sin parar (se me taponan los oídos con la altura), simplemente la sellé con la pegajosa porquería esa, y asunto arreglado. 

No referiré por modestia el festejo que montaron, pero les recordé que tenía que volver a la Tierra ya que tenía que darle de comer al gato (si no come cada dos horas, puede maullar hasta morir) y encima ponían en Discovery Channel mi programa favorito: "Los rebuscadores", una apasionante saga sobre una familia que se dedica a rebuscar en los desguaces de coches a la busca de carburadores viejos, para abrillantarlos y exhibirlos en el museo del carburador, en Apaloosa, Alabama. Así que aprovechando que tenían que mandar de vuelta a la Tierra una cápsula con experimentos terminados, me empaquetaron dentro y me mandaron para abajo.

De vuelta en casa, todavía me quedaba hacer la compra para la cena, dar de comer al gato (estaba histérico), preparar algo ligero para cenar como patatas fritas con huevo y chorizo, y al fin pude repatingarme en el sofá a ver a Los Rebuscadores. Pero estaba de mal humor: no había podido jugar al Modern Warfare.

El levantamiento de Varsovia

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El alzamiento del Ghetto de Varsovia (1943)
Tal día como hoy, el 2 de octubre de 1944, se daba por aplastado el levantamiento de Varsovia. Un puñado de polacos hicieron frente a la maquinaria de guerra alemana durante 63 días. Se calcula que al menos 250.000 civiles murieron, la mayoría ejecutados, y el 85% de la ciudad fue destruída. Es de destacar la cínica actitud de los aliados, que se negaron en redondo a socorrer a los polacos; por no hablar de los soviéticos, que llegaron a arrestar y ejecutar a los emisarios que los polacos enviaron para solicitar su ayuda. Tras la caída, la ciudad entera fue vaciada, y sus habitantes enviados a campos de concentración como el Durchgangslager 121, y los de Ravensbruck, Auschwitz y Mauthausen, entre otros.
Quiero honrar su memoria con un relato que escribí hace mucho, en memoria de otros polacos: los judíos que un año antes protagonizaron el levantamiento del Ghetto de Varsovia, una lucha desigual e imposible, pero que forjó en las conciencia de millones de judíos una idea clara: que nunca más serían víctimas inermes camino del matadero.

In memoriam de Mordecai Anielewicz y sus hombres, que resistieron hasta la muerte a las tropas SS de Jürgen Stroop.

La tierra temblaba con cada explosión. Tras la sorpresa inicial al ser rechazados por la organización de resistencia del ghetto, los SS habían traído tanques, que ahora laminaban centímetro a centímetro el viejo barrio judío de Varsovia. Una espesa nube de humo cubría el sitio, y se desarrollaban feroces combates casa por casa, agujero por agujero. Los nazis no daban cuartel, y los defensores no lo esperaban tampoco. Las noticias de Cracovia estaban frescas en sus mentes, de modo que sabían que su destino era la muerte, peleando o incinerados como animales. Mordecai había hecho un trabajo impecable. Día tras día habían introducido armas y munición en el ghetto, disimuladas entre las patatas o la madera, con riesgo de sus vidas...en verdad eran muchos los que habían pagado el precio más alto por ese contrabando. Pero a ningún jefe SS se le había pasado siquiera por la imaginación que las “ratas judías” se atreverían a enfrentarlos a ellos, los seres superiores que regirían el Reich de los Mil años.

Al intentar entrar en el área, esperando la sumisión y el terror de siempre, se encontraron con una feroz resistencia, y Moshe estaba allí. Recordaba con toda claridad aquel primer enfrentamiento: los confiados soldados, los perros anhelando su ración de sangre, el arrogante oficial al mando. Los dejaron pasar un buen trecho antes de abrir fuego... Moshe apuntó con su viejo fusil al oficial, que avanzaba con aire soberbio y esperó la señal. Cuando el SS se llevó el megáfono a la boca para comenzar la limpieza, sonó un disparo. El nazi miró sorprendido, y en ese momento el partisano disparó, haciendo salir despedido al oficial como un pelele enloquecido. Una descarga cerrada sorprendió a los soldados en medio de la calle, y el olor de la pólvora inundó todo, mientras el humo se unía a los alaridos de dolor y  la sangre corría por el viejo empedrado. Los SS se retiraron arrastrando a sus heridos, y Moshe sintió la feroz alegría de saber que fuera cual fuese su destino, no sería morir inerme, como un borrego en el altar del sacrificio. Luego, había perdido la noción del tiempo. Pasando de casa en casa, por las alcantarillas, había tendido emboscadas con su reducido grupo a los alemanes mientras la batalla crecía y crecía. Los SS, fieles a su estilo y a las órdenes recibidas, ejecutaban en el acto a los heridos y a los civiles que lograban capturar. Ésa había sido la parte más dura para Moshe, ver impotente por lo reducido de su grupo (habían perdido tres hombres sólo en el primer día) como los nazis arrastraban fuera de sus casas a mujeres, ancianos y niños despavoridos, para luego, ceremoniosamente, esparcir sus sesos por la calle de un único disparo de sus Luger. Tener que sortear los cuerpos que vertían su sangre inocente era mucho más duro que el temor a la muerte.

Ahora estaba esperando al final de una calle, por donde sabía que entrarían las tropas. Recontó su munición, escasa, demasiado escasa. Cuando volvió a alzar la vista se quedó helado...la ominosa silueta de un panzer de las Waffen SS acababa de doblar la esquina, seguido por la infantería. Supo que la cosa se acababa. Recordó los viejos felices tiempos, cuando podía pasear por Varsovia libremente, la fragancia de los árboles en los parques durante la primavera, una vieja librería regentada por un anciano judío que ya sólo sería cenizas esparcidas en algún lugar cerca de Auschwitz... y también recordó la llegada de los alemanes, la humillación de llevar la estrella amarilla, las feroces cacerías de las SS cuando fueron confinados en el ghetto, la estupefacción e incredulidad general cuando llegaron los primeros rumores del destino que les esperaba...pensó en sus padres aterrorizados, escondidos en un sótano, esperando oír las botas de sus verdugos. Una rabia infinita le llenó el corazón, apuntó a las negras siluetas y comenzó a disparar salvajemente, sin control. El tanque movió su torreta y efectuó tres disparos hacia su sitio en rápida sucesión...la tierra explotó bajo él, y se sintió arrojado al aire como un muñeco, hasta que el frío empedrado golpeó brutalmente su espalda. Intentó moverse sin éxito...casi no veía, cegado por la sangre y el polvo, y sus miembros no le obedecían. En su cabeza sonaba muy débilmente una antigua canción de cuna que su madre solía cantar hacía ya tanto tiempo... qué será de ella, alcanzó a pensar. No vió al joven SS que se paró a unos metros de él, murmuró “puta basura judía”, y apuntando con cuidado a la cabeza de Mosche efectuó un único disparo, como ordenaba el reglamento.
Las negras tropas siguieron avanzando, mientras la sangre de Mosche se ennegrecía, humeante, sobre la calle.



The show starts


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Una oscuridad roja y líquidos que corren, y el lejano, regular, incesante tam-tam. Y los oscuros pensamientos que no son pensamientos y los movimientos leves, breves, furtivos, lentos. Las sacudidas, el balanceo, el girar, ni arriba ni abajo, sólo un Aquí. Y el tiempo no existe, ni ayer, ni ahora, ni mañana, por supuesto. La paz anterior a la Caída, cuando el mundo era joven. El apacible mar rodeando todo, marcando los suaves límites imprecisos. El obsesionante latido, y los fluidos, y cada cosa en su lugar preasignado, cumpliendo silenciosamente su función y su propósito. Cosas que aún no cumplían función alguna, pero que lo harían, sí que lo harían. Y cosas que ahora funcionaban, y más tarde serían inútiles e innecesarias. Pero en ese tiempo sin tiempo, en ese espacio ingrávido todo era posibilidad, promesa, futuro, si tal cosa existía. Todo transcurría exacto, invariable pero cambiante, cada vez más y más complejo, como si el orden ilusoriamente le ganara la batalla a la entropía. Los sistemas crecían, se ampliaban y diversificaban, y los líquidos corrían, y el lejano tambor batía y batía. Alguna vez un pequeño sobresalto, una irrupción, un momentáneo desorden. Algo que empujaba rítmicamente desde abajo (¿abajo?) mientras el sonido lejano se aceleraba y todos los humores corrían más deprisa. O presiones desconocidas desde delante o arriba (¿?). Pero Ahora, ahora hay un Ahora, algo cambia, el Universo se cierra, se comprime, el lejano sonido se acelera más, cada vez más y la presión y un dolor y deslizarse y caer y el horror y el miedo atrozmente primitivos sin nombre aún, sólo miedo, y de repente el estallido, la luz, el aire, el llanto, el comienzo del camino.

Oświęcim

La mujer de la foto sonreía. No estaba sola, miles, decenas de miles de fotos la rodeaban en un montón inmenso: orgullosos y marciales soldados, niños pulcros con pantalones cortos y grandes moños, ancianos que miraban serios esa máquina que no entendían del todo. Y ésa era sólo una de las montañas: fatigadas pirámides de zapatos con los cordones anudados inútilmente, esperando aún el trajín de sus dueños, pilas y más pilas de ropas variopintas, de mujer, de hombre, de niño. Y un surtido caótico de cochecitos de bebé, gafas, llaves, plumas estilográficas… un universo entero de cosas que alguna vez fueron animadas por manos y cuerpos  tragados por el olvido. Pero no podía dejar de mirar la foto de la mujer sonriente, y aunque en el enorme recinto imperaba un silencio sepulcral, quise taparme los oídos para no oír más los angustiosos alaridos de terror cuando se cerraba la puerta, se apagaba la luz, y comenzaba el siseo.

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