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Irlanda, mi isla



¿Recordáis el irlandés de “Braveheart” que decía que Irlanda era suya? Mentía. Irlanda es mía, y os voy a hablar un poco de ella.
Apenas aterrizado en Dublín, ya recibes tu primera lección: esta ciudad es en verdad Báile Atha Clíath, la “ciudad amurallada por un lado”. Efectivamente, siendo sus fundadores los Wykings, nada tenían que temer del mar, así que la amurallaron sólo en la parte que miraba tierra adentro. Es una ciudad partida en dos por el río Liffey, y plana, de casas, no pisos enormes, a escala humana. Invita a pasear. Hay muchas formas de saborearla. Para quien conozca la larga lucha por la independencia está llena de símbolos: el castillo, donde operaba el servicio de inteligencia inglés y donde tantos patriotas fueron torturados y asesinados, la GPO (Oficina General de Correos), donde el nacionalista gaélico Padraigh Pearse leyó la declaración de la Independencia en la fallida Revolución de la pascua de 1916, siendo luego asesinado junto a los otros firmantes sin juicio ni nada que se le pareciera y donde podemos admirar hoy una magnífica estatua de Cú Chulainn, uno de los héroes mitológicos de la Isla Esmeralda, los Collins Barracks, sitio histórico hoy museo donde estuvieron encarcelados la mayoría de los grandes patriotas,  el cementerio de los Héroes, el bellísimo monumento a los Caídos, donde las almas en forma de cisne abandonan sus cuerpos... 
 
Pub en Dublín
Pero mi isla es mucho más antigua. Podéis dirigir vuestros pasos al Trinity College, donde además de gozar de su enorme biblioteca podréis admirar el Book of Kells, el libro iluminado medieval de estilo irlandés puro que se conserva en el mundo (cada día se le da vuelta una pagina), o extasiaros en el National Museum ante la tumba de un Wyking, espadas y hachas medievales, el oro de los Celtas... Para los amantes de la arquitectura religiosa tenemos la Iglesia de Santa María y sobre todo la Catedral de San Patricio, la más grande de la isla, con 90 metros de nave y repleta de recuerdos históricos. Si tras el atracón de cultura e historia queremos juerga, estamos en el sitio indicado. Temple Bar es una opción, con decenas de pubs, aunque mi favorito está a una manzana de distancia, en el Happiness Bridge. Allí hay cerveza de la buena, gente amable y alegre y los viernes y sábados noche música en vivo, aunque en esto hay para elegir, ya que los dublineses son al parecer músicos naturales, y muchas veces gente aficionada que toca en la calle por afición hace que se te encoja el alma sólo con un whist y un bodhran.

Podría extenderme más, pero eso será en otra ocasión. Ahora alquilamos coche (en mi opinión, la mejor opción), así añadimos un toque de aventura e incertidumbre a nuestro viaje al conducir por el lado contrario. Parada imprescindible si vamos al sur: Cashel. Las ruinas del castillo abadía, rodeada de campos verdes, sumida en la niebla, erizada de cruces celtas, con el graznido de los cuervos y la tumba con motivos Wykings de Brian Boru, primer Rey de Munster pueden hacerte retroceder en el pasado de la mejor manera, os aseguro que sales de allí mudo, por no estropear el hechizo con palabras. Siguiendo hacia el sur, llegamos a la ciudad rebelde por antonomasia, la pesadilla inglesa: Corcaigh, Cork por mal nombre. Desgraciadamente todo lo vemos o casi es moderno, ya que en la Guerra Tan los delincuentes indultados en Inglaterra y enviados a Irlanda a sembrar el terror (los tristemente célebres Black and Tans) quemaron la ciudad hasta los cimientos. Pero hoy se alza orgullosa, con una magnífica universidad que os recomiendo visitar y una visita imprescindible: el castillo de Blarney. Allí se encuentra una piedra que según la tradición si la besas recibes el don de la elocuencia (yo la he besado y me he vuelto más parlanchín, pero no más sabio. El ser elocuente no implica que lo que digas sea mejor). 

The Ring of Kerry

Corcaigh es la lanzadera hacia el Gaeltach, la zona de habla gaélica. Cuando entras allí, un cartelón en la carretera te lo advierte: Inglés..bye, bye!! Los nombres de los pueblos, las calles, los comercios...todo en gaélico. Pero que esto no os desanime, los irlandeses son la gente más hospitalaria que he conocido y nunca tendréis problemas por el idioma (ni aunque ignores el inglés). Siguiendo hacia el Oeste está la bravía costa desgarrada que mira al Atlántico. El Ring of Kerry es una zona de belleza indescriptible, azotada por un viento incesante que llega del mar. Allí la alternancia de nubes, sol, lluvia, niebla...crean un ambiente realmente mágico, con colores como nunca habías creído posibles. Y es sólo la antesala de mi sitio favorito: la península de Dingle. Salvaje, como un puñal que se clava en el flanco del Océano, con playas enormes y solitarias, azotadas por un viento que te mantiene en pie aunque te dejes caer hacia delante. A cada recodo, un pueblecito multicolor de bravos pescadores, y los ecos de la historia por doquier: las torres redondas, donde los monjes medievales pusieron a salvo mucha de la sabiduría de Occidente mientras en el continente casi se había olvidado el uso del latín, el Gallarus Oratory, un curioso oratorio en forma de barca invertida construido sin argamasa en el siglo IV y que aún hoy se conserva absolutamente impermeable, la Iglesia de San Brandan, donde las cruces conviven con las estelas celtas cubiertas de caracteres ógmicos...


Ya más al norte, Galway, y uno de los paisajes más impresionantes del mundo: los acantilados (cliff) de Moher. Casi cien metros de caída en absoluta vertical, como si la costa hubiera sido cortada a cuchillo. Y la bahía donde los náufragos de la Armada Invencible fueron asesinados en la playa por los ingleses y una placa en castellano rememora aquella matanza...

Incesante Irlanda. Me abstengo de hablar del Ulster ya que no iré allí mientras siga invadido, y que conste que me he dejado centenares de cosas en el tintero. Pero confío en haber picado la curiosidad de algún lector para que alguna vez visite mi isla. Desde luego, cuenta con mi permiso.

Cosas que hacer y ver antes que caiga el telón

dwali
Festival de Dwali
No esperen gran cosa tras la resaca navideña, esto será una deshilvanada serie de cosas que me gustaría hacer y ver antes que los átomos que me componen vuelvan a disgregarse en el cosmos. Notarán que son casi todo viajes...
  • Ver Hanami, el festival de la floración de los cerezos en Kyoto. Pasear de noche admirando los espléndidos árboles y hacer el tradicional picnic nocturno bajo un árbol.
  • La Fiesta de las Luces o Dwali, en India. Desfiles de elefantes cubiertos de luces, espectáculos pirotécnicos y la luz y el fuego como protagonistas.
  • Hacer una ruta a caballo por el Gran Cañón del Colorado. Seguir los meandros del río y dormir como un cowboy, con unas mantas, la silla del caballo a modo de almohada, y la increíble noche del desierto sobre mis ojos.
  • Terminar mi absurdo libro sobre las surrealistas aventuras de mi antihéroe anacrónico y borrachuzo.
  • Visitar el Kennedy Space Center, en Florida, y sentir el escalofrío que seguramente me producirá el maravilloso Saturn V. Por no hablar del único módulo lunar, que se encuentra en la Smithsonian Institution.
  • El Sahara, sueño infantil donde los haya. Pero este sueño sí que es imposible dada la situación político-religiosa de África del Norte. El único sitio (de momento) accesible es Marruecos, dado que las primaveras árabes han devenido, desgraciadamente, en demenciales regímenes integristas, cuando no en caos absoluto como en la pobre Mali.
  • Ya que estamos en África, mi otro gran sueño: el Valle del Rift, en Kenya y Tanzania... las inmensas sabanas, el Kilimanjaro, la garganta de Olduvai, testigo de los primeros pasos de la Humanidad, Serengeti, Ngorongoro... claro que tendría que ir en un Land Rover apiñado con otros 20, y no como me gustaría, en plan Memorias de África, pero algo es algo. Y sin olvidar el Parque Nacional Kruger en Sudáfrica y el desierto del Kalahari en Namibia. Vamos, que me pasaría seis meses allí.
  • Poder tener en una vitrina todas mis maquetas de aviones y tanques, y poder exhibir en maniquíes mi colección de uniformes (fliparían si supieran lo que hay en mi casa al respecto)
    saturn-v
    El Saturn V
  • Tener un fusil SCAR o un CAR 15 para hacer tiro al blanco, aunque con nuestra estúpida legislación no creo que los admitieran para tiro olímpico.
  • Dominar de una puñetera vez el arte del Shôdo.
  • Ver llegar el hombre a Marte. De veras, no es coña, me produciría un estado de auténtica felicidad, aunque tendría a mano un bate de béisbol para darle justo detrás de la oreja a los que dijeran que es un fraude y que se filmó en un estudio (no soporto más a los conspiranoicos. Me ponen malo)
  • No creo que sea en este siglo, pero me podría en éxtasis tipo santa Teresa la comprobación empírica de la teoría de cuerdas.
  • Recorrer los escenarios de la Segunda Guerra Mundial en Europa: Normandía, las Ardenas, Auschwitz-Birkenau... sería duro, pero he leído tanto sobre ello que poder estar ahí sería una experiencia indescriptible.
  • Visitar Masada, en Israel, y en estos tiempos deslavazados recordar que hubo gentes que prefirieron la muerte a la esclavitud.
  • Pasar una par de meses en Italia: empezar por la Roma Imperial, y terminar en el Renacimiento... en Siena, Pisa y volver a mi amada Florencia. Pero sin prisas, no tipo turista sino con calma.
En fin, sé que me iré sin cumplir estas cosas, pero bueno, por soñar que no quede. Ya se sabe que como bien dijo Don Pedro:

"¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción;
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son."


日本国 - Nippon-koku

No, no me he vuelto (más) loco ni es una receta de comida china. Es el nombre real del país que conocemos como Japón. En general, me gustan casi todos los países, cada cual tiene algo que aportar en materia de paisajes, gastronomía, idiomas, costumbres... pero Japón es una de mis debilidades.

En principio me encantan sus contrastes: en un sitio tan pequeño conviven un delirio futurista a lo Blade Runner como Tokyo, con sus rascacielos y sus jóvenes que parecen haber desayunado LSD con sitios como Kyoto, donde el tiempo parece haberse detenido. La tradición más arcaica convive con la forma de vida más enloquecida sin conflicto aparente. Conviven de forma armoniosa, y esa palabra, armonía, junto con elegancia, es quizá lo que me viene a la mente cuando pienso en ese país. Hay en la TV un programa de cocina en el cual a veces aparece un joven cocinero japonés... simplemente con ver el arte, la (me repito) elegancia fluida de sus movimientos, te haría saber que es japonés, aún sin ver su cara. Cuando veo los rituales del Shinto o del Zen, sus jardines, sus modales, y los comparo con Occidente... madre mía, parecemos los tipos más toscos del planeta. Ojo, no estoy diciendo que sea una sociedad maravillosa: trabajan como animales, viven en pisos minúsculos, su consumismo es más desaforado aún que el nuestro... pero esa pervivencia del acervo cultural me fascina.

En muchos países la religión ha tenido un papel principal en lo que se puede llamar idiosincracia nacional. El catolicismo ha dejado huella indeleble en Europa Occidental, y en Japón el Shinto y el budismo Zen han moldeado su carácter y su estética, una vez más sin conflicto, de manera armoniosa. Quien haya estado en un monasterio del Zen puede encontrar los elementos que más me gustan de la cultura japonesa: la precisión en el gesto, la cortesía, el cuidado exquisito en el detalle. Esa manera suave y fluida de ejecutar la cosa más nimia, como servir el té, no la he visto en ninguna otra parte del mundo. Incluso en algo tan bestia como las artes marciales podemos encontrar ese mismo espíritu en el Aikido, pura fluidez de movimientos, un bello y letal ballet... claro que en el Karate o en el Jiu Jitsu que practiqué tantos años encontramos también la otra cara de Japón, la de la eficiencia despiadada, el espíritu banzai, aunque esté encorsetado en las estrictas reglas del Budo, el Camino del Guerrero, con sus estrictas reglas de honor.

Y qué decir de las artes... shôdo, la caligrafía, es una verdadera maravilla, como la pintura a la acuarela. El ikebana, el origami... manifestaciones artísticas que requieren una dedicación minuciosa y un amor al detalle muy, muy difíciles de lograr para quien no sea japonés. Y no se quedan cortos en música, las composiciones para koto y flauta de bambú son absolutamente encantadoras... etéreas y suaves, y muy diferentes a nuestro sentido musical. Y si incluímos a la gastronomía dentro de las artes... qué decir. Unos platos delicados y armoniosos, placer tanto para el paladar como para la vista (es una pena que en Occidente sólo conozcamos sushi, y del malo).

En fin, que no me importaría pasar unas semanas allí. Sobre todo la costa Oeste, realizando la ruta de Edo y visitando algunos templos y lugares famosos, como el sitio donde se dice reposan los Cuarenta y siete Capitanes que nos cuenta Borges. Pero si me voy, no se preocupen, mandaré fotos. Y prometo no escribir en japonés.







Momentos de infarto

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Módulo lunar fotografiado por Mick Collins
Hoy les voy a contar algo sobre la llegada del hombre a la Luna que no suele conocerse, salvo por los freakys del tema. No, no es ninguna estupidez acerca de que fue un montaje, o que encontraron ruinas extraterrestres, ni ninguna otra pelotudez de las que adoran los conspiranoicos y los chiflados de los OVNIs. Es simplemente el relato del alunizaje que no fue conocido por el gran público tal cual ocurrió por la política de la NASA en aquellos años.

Antes que nada hay que situarse en la época: en plena guerra fría, el presidente Kennedy decide impulsar el proyecto Apollo como una muestra del poderío norteamericano y un desafío a la URSS (los soviéticos también tuvieron su programa lunar, cosa no muy conocida). Y se decidió que la NASA tendría una política de transparencia total -por ejemplo el desastre del Apollo 1, donde perecieron en tierra 3 astronautas, se contó con pelos y señales-, pero eso chocaba frontalmente con las exigencias del equipo de relaciones públicas, que quería mostrar una imagen impoluta de la Agencia. Finalmente, todo quedó en una especie de equilibrio.

La misión Apollo 11 empezó de forma perfecta: el cohete Saturn V diseñado por Wherner Von Braun se comportó de forma soberbia (de todas las veces que se utilizó, sólo tuvo un fallo sin consecuencias, el apagado prematuro de un motor en la malhadada misión Apollo 13), el trayecto a la Luna se realizó sin incidentes, las complejas maniobras para extraer y acoplar el módulo lunar fueron sobre ruedas. Pero quedaba lo más difícil: pilotar el minúsculo y frágil módulo hasta alunizar (Neil Armstrong contaría, muchos años después, que él estimaba las posibilidades de alunizar y regresar con vida en sólo un 50%). Muchos se sorprenden por el desgarbado aspecto del módulo, con sus finas patas de araña, pero la razón es una y sólo una: el peso. Cada gramo -literalmente- añadido a una nave tiene un impacto enorme a la hora de lanzarla... tanto se recortó que por no tener, no tenía asientos, los astronautas tenían que estar todo el tiempo en la Luna de pie. Y no es fácil, según cuentan, pilotar en el vacío, no es lo mismo que llevar un helicóptero o un avión.

Pues bien, se aproximaban velozmente al sito de alunizaje, que había sido elegido desde la Tierra mediante los mejores telescopios, cuando Neil descubrió con horror dos cosas: una, que iban demasiado rápido, y la otra era que la supuesta planicie como un campo de golf donde debía posarse estaba erizada de rocas, la menor de las cuales podría despedazar el frágil vehículo. Y aquí entran en juego dos cualidades que lo hacían único: sus miles de horas de vuelo, que aportan la capacidad de tomar decisiones instantáneas; y su legendaria sangre fría, que le había valido el apodo de el hombre de hielo. Quizá otro comandante habría abortado la misión, pero no él. Para completar el cuadro de un desastre potencial, una alarma no paraba de chillar (luego se descubrió que no tenía mayor importancia, y la provocaba una sobrecarga del rudimentario ordenador de a bordo) y el radar de altura se estaba comportando de manera errática. Pero Neil era de una pasta especial: pilotando a ojo, pasó de largo el sitio de aterrizaje mientras Buzz Aldrin le recitaba con voz neutra el escaso combustible que quedaba y la altitud. En Houston intuían que algo pasaba, pero no era momento de incordiar con preguntas (en un momento así, el CAPCOM lo mejor que puede hacer es estarse calladito). Finalmente, divisó un sitio prometedor.
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Comandante Neil Armstrong

El resto es Historia. Puso el módulo en posición vertical (con lo cual perdió la visibilidad de las minúsculas ventanillas), y descendió hasta que las varillas con los sensores de contacto pitaron. Apagó el motor de descenso, y posó la nave como una pluma... quedaban escasos segundos de combustible. Los de Control de misión respiraron, incluso le dijeron a Neil que algunos en la sala se habían puesto azules. Pero ésta, la verdadera historia del alunizaje, no fue la que se contó inmediatamente al público: el momento era tan importante, que la NASA prefirió ofrecer la imagen de una misión perfecta, sin contratiempos. Pero al poco se supo la verdad, y eso cambió para siempre la política de comunicación de la Agencia: se adoptó, realmente esta vez, la transparencia total. Además, eso les permitía alardear de que Estados Unidos no ocultaba nada, al contrario de los soviéticos (efectivamente, la URSS tenía una política de secretismo total). Esto podría verse dramáticamente reflejado en lo que se llamó el más glorioso desastre de la NASA, la misión Apollo 13, donde no se ocultó ni tergiversó absolutamente nada (para los familiares fue un trago muy duro).

Personalmente, creo que no retransmitir exactamente lo que sucedía fue un grave error. Este alunizaje, con sus problemas y errores, antes que menoscabar la imagen de la NASA, la enaltece, la humaniza. Se demostró que sus astronautas estaban en condiciones de realizar una de las más grandes proezas de la humanidad en condiciones adversas y difíciles, que la exploración del espacio es peligrosa y arriesgada, que sólo gente de una pasta especial puede embarcarse en esa aventura. Lo bueno es que aprendieron la lección, y no hay más que entrar en su web para comprobar que no se oculta absolutamente nada (podría pasarme el resto de mi vida mirando el material de archivo, y no terminaría, y es accesible a cualquier persona). En fin, este Peregrino no viajará a la Luna, pero la lección de Neil sigue siendo válida: en caso de ver que se acerca algo jodido, mantén la calma, busca la solución y si no la hay, pues elude el asunto hasta que puedas encontrar un terreno más amistoso.

P.S.: Como ven, me resulta difícil no escribir sobre temas del espacio. A quien le interesen estas cosas, pueden visitar mi otro blog, El gato cuántico, pinchando AQUÍ. Aunque lo tengo un poco abandonado, pobre...

Un día en mi vida

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Ahí voy yo
De los lectores de este blog, hay cinco que me conocen en persona y un montón que me conocen de Facebook: esas personas saben algo de mi día a día. Pero los demás puede que crean que no tengo nada más que hacer que sentarme frente al ordenador a jugar Modern Warfare (si no sabes lo que es esto, te has perdido lo mejor de la vida) o escribir estas boludeces. Pues no, llevo una vida de lo más atareada, y para que me conozcan un poco más les voy a contar cómo es un día cualquiera en mi vida.

Por ejemplo ayer. Me levanté como siempre, a las 3:30 de la mañana, no porque siga la regla de la orden benedictina y fuera el fin de Maitines, sino porque el día se me queda corto. Para empezar el día lo mejor es un desayuno nutritivo, de modo que opto por el desayuno tipo anglosajón, que mezcla el café, el zumo de naranja, el bacon, las alubias, el huevo frito y demás. El problema es que, curiosamente, odio desayunar, de modo que tras vomitar todo eso me tomo un Primperán® y un té con limón. Y ayer ni eso: un timbrazo me hizo saltar de la silla, y al abrir me encontré cara a cara con un equipo de la NASA. Resulta que se les había puesto malo un astronauta, y como soy uno de los más activos participantes de su web (han acuñado incluso para mí una cariñosa expresión en spanglish: "the fucking argentine incordio") pensaron que podría reemplazarlo, ya que su misión se trataba meramente de ser sujeto pasivo de un experimento.

Así que montamos en el helicóptero que habían dejado en la calle, transbordamos a un avión secreto que tiene la NASA construído con tecnología extraterrestre y con este trasto llegamos a Baikonur en media hora. Tras un rápido chequeo médico (a ver... una cabeza, dos brazos, dos piernas... está usted bien para volar, tovarich), me embutieron en el engorroso traje especial y me subieron a bordo, junto a mis camaradas Dimitri y John. La cuenta atrás en ruso resulta de lo más curiosa, pero me temo que volver a oírla en inglés, desde cabo Cañaveral, es cosa problemática. En fin, el caso es que nos lanzaron y llegamos sin novedad. La verdad, la Estación Espacial Internacional me resultó sorprendentemente grande, pero no tuve tiempo de admirarla: me ataron a una camilla, me llenaron de cables, y comenzaban a inyectarme dios sabe qué, cuando empezaron a destellar luces rojas por todos lados: ¡el maldito trasto se estaba despresurizando! Logré soltarme como pude (los malditos bastaros me habían dejado ahí), y me abrí paso como pude, entre gente que flotaba tratando de encontrar la fuga, y de paso haciendo callar de un trompazo a Dimitri, que no hacía sino gritar ¡Боже мой, мы все умрем!, poniéndonos nerviosos a todos. Cogí un papel, lo hice confeti, y lo fui siguiendo hasta el punto donde era absorbido: una minúscula grieta expelía el aire hacia afuera. Como llevaba mascando chicle sin parar (se me taponan los oídos con la altura), simplemente la sellé con la pegajosa porquería esa, y asunto arreglado. 

No referiré por modestia el festejo que montaron, pero les recordé que tenía que volver a la Tierra ya que tenía que darle de comer al gato (si no come cada dos horas, puede maullar hasta morir) y encima ponían en Discovery Channel mi programa favorito: "Los rebuscadores", una apasionante saga sobre una familia que se dedica a rebuscar en los desguaces de coches a la busca de carburadores viejos, para abrillantarlos y exhibirlos en el museo del carburador, en Apaloosa, Alabama. Así que aprovechando que tenían que mandar de vuelta a la Tierra una cápsula con experimentos terminados, me empaquetaron dentro y me mandaron para abajo.

De vuelta en casa, todavía me quedaba hacer la compra para la cena, dar de comer al gato (estaba histérico), preparar algo ligero para cenar como patatas fritas con huevo y chorizo, y al fin pude repatingarme en el sofá a ver a Los Rebuscadores. Pero estaba de mal humor: no había podido jugar al Modern Warfare.

La absurda aventura de Ernst Schäfer

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Ernst Schäfer
Ante todo, juro que todo lo que voy a contar es verdad, no me he inventado nada. Puede parecerlo, por lo absurdo, pero no, desdichadamente no es ficticio.
Antes de entrar en materia, un resumen: les voy a contar la expedición de 1938 al Tíbet por parte de Ernst Schäfer, oficial de las SS. No hay que confundir esta expedición con la de "Siete años en el Tíbet", mucho más conocida debido a esa película, cuyo mayor mérito es mostrar a Brad Pitt, el terror de las nenas hace una década. Ésta fue patrocinada por un oscuro instituto de la Alemania nazi, y para entender qué diablos fueron a hacer estos hombres al Tíbet hay que hablar un poco de ciertas teorías nazis.

Es bien sabido que Heinrich Himmler, el jefe de la SS, era un ferviente ocultista. Tenía pasión por la llamada cosmogonía glacial de Hörbiger, que sucintamente viene a decir que el Universo se formó por un choque entre el fuego y el hielo. No, no hablaba metafóricamente: se refería a un choque real, físico. Parte de ese choque primigenio puede contemplarse hoy en el cielo: es la Vía Láctea, que no estaría formada por estrellas, como maliciosamente afirman los judíos, sino por copos de nieve. Una vez más, juro que no me estoy inventando nada, aunque sea difícil de creer. Y su otra pasión era el estudio de la raza Aria, un completo disparate antropológico. Pero sus nociones acerca de dónde procedía la presunta raza superior no eran antropológicas, sino que provenían del ocultismo, de los estrambóticos escritos de Helena Petrovna Blavatsky. Según esta señora, había habido en la Tierra varias razas dominantes que vivieron en distintos continentes convenientemente perdidos, pero perdernos en sus, llamémoslas teorías, nos llevaría medio día. El caso es que Himmler estaba convencido de que la raza Aria tenía un origen celestial, y que habría aterrizado en el Tíbet, fundando Shangri-La, dirigiéndose luego hacia Europa y especialmente Europa del norte. 

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Con salacot de las SS en Lhasa

Bien. Una vez digerido lo anterior, ahora viene lo bueno: no contento con creer esas patrañas, Heini fundó todo un instituto para estudiar esas teorías, llamado Anenherbe (Sociedad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana, toma nombre), poblado por toda clase de lunáticos y chiflados, y algún que otro científico de verdad de tendencias nazis. Pues bien, en el año 1938 Himmler decidió que era hora de comprobar empíricamente sus creencias, y para darle lustre a la expedición contrató a Ernst Schäfer, un conocido explorador que ya había estado en el Tíbet. Éste, seducido por el hecho de que le incorporaran a la SS (una ganga en esos terribles tiempos) y por el hecho de poder volver a Lhasa con recursos ilimitados, aceptó. Montó una expedición, y nos da una idea del carácter de la misma que su segundo fuera un antropólogo, Bruno Beger. La entrada al Tíbet parece una novela de aventuras: con tambores de guerra sonando en Europa, los ingleses, desde la India, los volvieron locos tanto como pudieron, saboteando todo lo posible. Pero Schäfer era perro viejo, y no sólo los esquivó, sino que llegó a Lhasa, la Ciudad Prohibida, donde se hartó de filmar tibetanos, obtuvo miles de fotos, centenares de máscaras faciales (cosa de Beger), se reunió con el Regente del Tíbet que envió una absurda carta a Hitler (el hombre, evidentemente, no tenía la más remota idea de quien se trataba), y se trajo de regreso la primera colección conocida en Europa de los 108 rollos del Kangyur, uno de los libros sagrados del budismo. Alemania 1- Inglaterra 0.

De vuelta en casa, fue recibido en triunfo, y los expertos de la Anenherbe se abalanzaron sobre lo traído. Aparte de haber cazado una cabra desconocida para la ciencia occidental y de miles de metros de película con los cuales se montó una película inenarrable, "Tíbet secreto", obviamente no pudieron sacar nada en limpio acerca de raza alguna: concluyeron que los tibetanos eran una mezcla de caracteres de Asia central y del norte de la India (para eso no hace falta viajar al Tíbet: basta con mirar con atención una foto del Dalai Lama). Finalmente casi todos sus hallazgos se perdieron al final de la guerra. 
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La expedición en Lhasa

Esto podría terminar aquí, pero aunque sin culpa alguna por parte de Schäfer, tuvo un corolario horripilante: la Anenherbe quiso comparar las máscaras de yeso de Beger con sujetos europeos y (cómo no) judíos. Existe evidencia de que prisioneros de los campos de concentración fueron elegidos por sus características físicas, asesinados y utilizados con este propósito. Algunos de estos cadáveres fueron encontrados al final de la guerra conservados en formol.

Schäfer murió en Sajonia a los 82 años, tras haber sido exonerado por un tribunal de los Aliados por su pertenencia a las SS: se tragaron el cuento de que fue reclutado a la fuerza. Esta absurda aventura me resulta ambivalente: por un lado su aspecto aventurero es divertido, pero el trasfondo que motivó esa aventura es aterrador, sobre todo por su resultado final. Para que luego digan que las pseudociencias no son peligrosas...

La Isla Esmeralda

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Cruz celta

¿Recordáis al irlandés de “Braveheart” que decía que Irlanda era suya? Mentía. Irlanda es mía, y les voy a hablar un poco de ella.
Apenas aterrizado en Dublín, ya recibes tu primera lección: esta ciudad es en verdad Báile Atha Clíath, la “ciudad amurallada por un lado”. Fue fundada en el 988 por el rey Mael Sechnaill II, cerca de Dubh Linn (‘estanque negro’, pronunciado dubjlín). El nombre Dubh Linn antecede a la llegada de los vikingos a Irlanda, y el nombre en nórdico antiguo es simplemente las palabras Dubh Linn reescritas: Dyflin. Es una ciudad partida en dos por el río Liffey, y plana, de casas, no pisos enormes, a escala humana. Invita a pasear. Hay muchas formas de saborearla. Para quien conozca la larga lucha por la independencia está llena de símbolos: el castillo, donde operaba el servicio de inteligencia inglés y donde tantos patriotas fueron torturados y asesinados, la GPO (Oficina General de Correos), donde el nacionalista gaélico Padraigh Pearse leyó la declaración de la Independencia en la fallida Revolución de la Pascua de 1916, siendo luego asesinado junto a los otros firmantes sin juicio ni nada que se le pareciera y donde podemos admirar hoy una magnífica estatua de Cú Chulainn, uno de los héroes mitológicos de la Isla Esmeralda; los Collins Barracks, sitio histórico hoy museo donde estuvieron encarcelados la mayoría de los grandes patriotas,  el cementerio de los Héroes, el bellísimo monumento a los Caídos, donde las almas en forma de cisne abandonan sus cuerpos...

Pero mi isla es mucho más antigua. Podéis dirigir vuestros pasos al Trinity College, donde además de gozar de su enorme biblioteca podréis admirar el Book of Kells, el libro iluminado medieval de estilo irlandés puro más antiguo que se conserva en el mundo (cada día se le da vuelta una página), o extasiaros en el National Museum ante la tumba de un Wyking, espadas y hachas medievales, el oro de los Celtas... Para los amantes de la arquitectura religiosa tenemos la Iglesia de St. Mary y sobre todo la Catedral de St. Patrick, la más grande de la isla, con 90 metros de nave y repleta de recuerdos históricos. Si tras el atracón de cultura e historia queremos juerga, estamos en el sitio indicado. Temple Bar es una opción, con decenas de pubs, aunque mi favorito está a una manzana de distancia, en el Happiness Bridge. Allí hay cerveza de la buena, gente amable y alegre y los viernes y sábados noche música en vivo, aunque en esto hay para elegir, ya que los dublineses son al parecer músicos naturales, y muchas veces gente aficionada que toca en la calle por afición hace que se te encoja el alma sólo con un whist y un bodhran.

cementerio-heroes-dublin  
El Cementerio de los Héroes
Podría extenderme más, pero eso será en otra ocasión. Ahora alquilamos coche (en mi opinión, la mejor opción), así añadimos un toque de aventura e incertidumbre a nuestro viaje al conducir por la izquierda. Parada imprescindible si vamos al sur: Cashel. Las ruinas del castillo-abadía, rodeada de campos verdes, sumida en la niebla, erizada de cruces celtas, con el graznido de los cuervos y la tumba con motivos Wykings de Brian Boru, primer Rey de Munster pueden hacerte retroceder en el pasado de la mejor manera, os aseguro que sales de allí mudo, por no estropear el hechizo con palabras. Siguiendo hacia el sur, llegamos a la ciudad rebelde por antonomasia, la pesadilla inglesa: Corcaigh, Cork por mal nombre. Desgraciadamente todo lo que vemos (o casi) es moderno, ya que en la Guerra Tan los delincuentes indultados en Inglaterra y enviados a Irlanda a sembrar el terror (los tristemente célebres Black and Tans) quemaron la ciudad hasta los cimientos. Pero hoy se alza orgullosa, con una magnífica universidad que os recomiendo visitar y una visita imprescindible: el castillo de Blarney. Allí se encuentra una piedra que según la tradición si la besas recibes el don de la elocuencia (yo la he besado y me he vuelto más parlanchín, pero no más sabio. El ser elocuente no implica que lo que digas sea mejor).

Corcaigh es la lanzadera hacia el Gaeltach, la zona de habla gaélica. Cuando entras allí, un cartelón en la carretera te lo advierte: Inglés..bye, bye!! Los nombres de los pueblos, las calles, los comercios...todo en gaélico. Pero que esto no os desanime, los irlandeses son la gente más hospitalaria que he conocido y nunca tendréis problemas por el idioma (ni aunque ignores el inglés). Siguiendo hacia el Oeste está la bravía costa desgarrada que mira al Atlántico. El Ring of Kerry es una zona de belleza indescriptible, azotada por un viento incesante que llega del mar. Allí la alternancia de nubes, sol, lluvia, niebla... crean un ambiente realmente mágico, con colores como nunca habías creído posibles y que nunca se repiten, viendo un nuevo paisaje cada pocos minutos. Y es sólo la antesala de mi sitio favorito: la península de Dingle. Salvaje, como un puñal que se clava en el flanco del Océano, con playas enormes y solitarias, azotadas por un viento que te mantiene en pie aunque te dejes caer hacia delante. A cada recodo, un pueblecillo multicolor de bravos pescadores, y los ecos de la historia por doquier: las torres redondas, donde los monjes medievales pusieron a salvo mucha de la sabiduría de Occidente mientras en el continente casi se había olvidado el uso del latín, el Gallarus Oratory, un curioso oratorio en forma de barca invertida construido sin argamasa en el siglo IV y que aún hoy se conserva absolutamente impermeable, la iglesia de St. Brandan, donde las cruces conviven con las estelas celtas cubiertas de caracteres ógmicos...


Ya más al norte, Galway, y uno de los paisajes más impresionantes del mundo: los acantilados (cliff) de Moher. Casi 100 metros de caída en absoluta vertical, como si la costa hubiera sido cortada a cuchillo. Y la bahía donde los náufragos de la Armada Invencible fueron asesinados en la playa por los ingleses y una placa en castellano rememora aquella matanza...
Incesante Irlanda. Me abstengo de hablar del Ulster ya que no iré allí mientras siga invadido, y que conste que me he dejado centenares de cosas en el tintero. Pero confío en haber picado la curiosidad de alguien para que alguna vez visite mi isla. Desde luego, cuenta con mi permiso.