Samhain shona duit! Happy Halloween!

¿Pero esto qué es? se preguntará alguno al leer el título del post. Pues Samhain shona duit significa "Feliz Samhain para ti" en gaélico irlandés, y Happy Halloween creo que no necesita traducción. Hoy es esa noche mágica en la que para los antiguos pueblos celtas terminaba una de las dos estaciones (el verano) y comenzaba un nuevo ciclo, por lo que a veces se habla del año nuevo celta, cosa no muy exacta. Era simplemente la noche de paso de una estación a otra, la que marcaba el fin de la cosecha y el inicio de las largas noches invernales, y esa noche se llamaba Samhain.

Curiosamente, mucho de todo esto se ha olvidado. En estos tiempos absurdos, para mucha gente ser anti-norteamericano es una especie de religión. Visten ropa estilo yanki, escuchan música norteamericana, comen trash-food de los USA, utilizan para leer estas líneas un ordenador salido de Silicon Valley, mediante un sistema operativo norteamericano 100%, ven cine de Hollywood... pero odian a los Estados Unidos. El caso es que también suelen manifestarse en contra de esta fiesta (conozco gente que tiene verdadera aversión a Halloween), demostrando una vez más que la xenofobia suele provenir de la ignorancia más supina: el origen de esto no está precisamente en los Estados Unidos, sino aquí mismo, en la vieja Europa.

Para los pueblos celtas, el nuevo día comenzaba con la puesta del sol. Así pues, al anochecer del 31 de octubre, se dejaba comida y dulces fuera de las casas, encendiendo velas para ayudar a las almas errantes a encontrar en camino al Tir Nan Óg, la Tierra del Verano (o de la eterna juventud). Esa noche desaparecía la barrera entre los vivos y los muertos, y los antepasados podían aconsejar a sus descendientes sobre el futuro, mientras se encendían grandes hogueras para alejar a los espíritus malévolos.  La llegada del cristianismo no logró erradicar esta fiesta, que simplemente cambió su nombre por "Vigilia de todos los santos", en inglés All Hallow´s Eve, que luego se contrajo simplemente a Hallowe'en

Al parecer, los druidas recorrían las casas pidiendo comida o dulces como ofrenda para los difuntos, llevando consigo una calabaza o nabo hueco con brasas encendidas dentro, simbolizando el calor del verano que se había ido y que debía retornar... ése es el remoto origen de los niños que recorren las casas pidiendo dulces (¿no parece muy yankee, no es cierto?). En el siglo XIX, el aluvión de irlandeses que emigraron a Norteamérica se llevó consigo sus tradiciones, desde el whiskey (que no whisky, y menos aún "güiski") hasta la música (el country americano no es otra cosa que música irlandesa levemente modificada), y en todo ese acervo cultural milenario iba, cómo no, la noche de Halloween. Cierto es que a esas alturas de la historia, la fiesta no tenía nada de sacro, la calabaza, bautizada por los irlandeses como Jack O'Lantern pasó a ser simplemente decorativa, y con los años se convirtió meramente en una ocasión de diversión y regocijo.

Así pues, la vieja fiesta ha cerrado el círculo: de los celtas europeos ha cruzado el océano hasta América, para volver a la tierra de sus orígenes. Dejaré que otros rumien sus odios y rencores, que bastante infelices los hace ya, y esta noche encenderé mi vela para marcar el camino a la Tierra del Verano. Me importa un pimiento que sea una fiesta celta y yo no tenga ni pizca de sangre celta (otras veinte sí, pero celta no), o que su versión actual sea norteamericana. Me da igual. Este Peregrino es Ciudadano del Mundo y descree de gobiernos, fronteras y naciones. Así pues, lectores, para aquellos que festejen, aunque sea en su corazón, esta noche de cambio de ciclo... ¡Feliz Samhain, feliz Halloween!.

Y como regalo... la canción de Halloween de la increíble película de Tim Burton "Pesadilla antes de Navidad", interpretada por Marilyn Manson.




Elisa

                                Argentina, tras el golpe de estado de Videla,1976

Mil cosas acudieron a su mente en ese momento… recordó la noche terrible en que su padre (su Dios) volvió a casa desencajado, pálido, ausente. Recordó a su madre angustiada llevándolo a su habitación, la larga conversación punteada de sollozos, el torpe intento posterior de explicarle que papi no tenía trabajo, los fríos días en que no había nada en la mesa, la sensación de desconcierto en su mente infantil, que no se explicaba la relación entre esos dos sucesos.

Recordó la lenta desintegración de su familia: su padre cada vez mas hundido en la bruma del alcohol, de la que sólo salía en ocasionales arrebatos de cólera, su madre avejentada, destruida por la miseria y las preocupaciones, su hermana que cada vez pasaba menos tiempo en casa... quizá allí comenzó todo el ovillo que hoy terminaba de desenvolverse.

Elisa siempre había sido independiente y fuerte, arrogante según algunos, pero él sabía que su corazón indómito latía con el fuego de la Justicia. Una noche la sorprendió despidiéndose de un amigo en la puerta de casa; espió con la esperanza de ver un beso furtivo, pero sólo vió cómo ella sacaba algún objeto pesado debajo de su campera y se la pasaba a su acompañante, que lo ocultó también en la parte trasera de su cintura, oculto por el abrigo... él era pequeño, pero aquellos (como éstos) eran tiempos difíciles, en los que la inocencia moría enseguida. Calló siempre esta escena, la atesoró en su corazón, sin que ella supiera que compartían ese secreto...
El tiempo pasó, y las cosas iban a peor. Elisa ya casi no venía, y él convivía con la silenciosa desesperación de su madre y el fantasma de su padre. Hasta aquel día. Tres hombres jóvenes llamaron con fuerza a la puerta nocturna. Era mal presagio, nadie llama a tu puerta de noche. Al abrir, se precipitaron dentro llevando el cuerpo roto y ensangrentado de Elisa. Hablaron algo de un enfrentamiento con los milicos, que no se preocuparan, que la Orga iba a hacerse cargo de todo por la mañana, que escondieran el cuerpo hasta que ellos se lo llevaran. Partieron tan rápido como habían venido, sombras en la noche. Se quedaron alrededor del cuerpo, en un estupor sólo quebrado por el llanto de Mamá. Él acarició el rostro inmóvil, tranquilo, noble, y reparó en el bulto que ocultaba la chaqueta.

Ahora esperaba, inmóvil como una estatua bajo la lluvia. La zurda le dolía de apretar la culata, pero nada sentía. Ni rabia, ni dolor... no pensó en la Justicia, ni en el Pueblo, ni en ninguna abstracción . Sólo esperó a que el milico pasara a su lado y levantó el brazo, lentamente, deliberadamente. Sonó el estampido, y quedó solo bajo la lluvia, en una calle cualquiera, en un día como todos.



Momentos de infarto

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Módulo lunar fotografiado por Mick Collins
Hoy les voy a contar algo sobre la llegada del hombre a la Luna que no suele conocerse, salvo por los freakys del tema. No, no es ninguna estupidez acerca de que fue un montaje, o que encontraron ruinas extraterrestres, ni ninguna otra pelotudez de las que adoran los conspiranoicos y los chiflados de los OVNIs. Es simplemente el relato del alunizaje que no fue conocido por el gran público tal cual ocurrió por la política de la NASA en aquellos años.

Antes que nada hay que situarse en la época: en plena guerra fría, el presidente Kennedy decide impulsar el proyecto Apollo como una muestra del poderío norteamericano y un desafío a la URSS (los soviéticos también tuvieron su programa lunar, cosa no muy conocida). Y se decidió que la NASA tendría una política de transparencia total -por ejemplo el desastre del Apollo 1, donde perecieron en tierra 3 astronautas, se contó con pelos y señales-, pero eso chocaba frontalmente con las exigencias del equipo de relaciones públicas, que quería mostrar una imagen impoluta de la Agencia. Finalmente, todo quedó en una especie de equilibrio.

La misión Apollo 11 empezó de forma perfecta: el cohete Saturn V diseñado por Wherner Von Braun se comportó de forma soberbia (de todas las veces que se utilizó, sólo tuvo un fallo sin consecuencias, el apagado prematuro de un motor en la malhadada misión Apollo 13), el trayecto a la Luna se realizó sin incidentes, las complejas maniobras para extraer y acoplar el módulo lunar fueron sobre ruedas. Pero quedaba lo más difícil: pilotar el minúsculo y frágil módulo hasta alunizar (Neil Armstrong contaría, muchos años después, que él estimaba las posibilidades de alunizar y regresar con vida en sólo un 50%). Muchos se sorprenden por el desgarbado aspecto del módulo, con sus finas patas de araña, pero la razón es una y sólo una: el peso. Cada gramo -literalmente- añadido a una nave tiene un impacto enorme a la hora de lanzarla... tanto se recortó que por no tener, no tenía asientos, los astronautas tenían que estar todo el tiempo en la Luna de pie. Y no es fácil, según cuentan, pilotar en el vacío, no es lo mismo que llevar un helicóptero o un avión.

Pues bien, se aproximaban velozmente al sito de alunizaje, que había sido elegido desde la Tierra mediante los mejores telescopios, cuando Neil descubrió con horror dos cosas: una, que iban demasiado rápido, y la otra era que la supuesta planicie como un campo de golf donde debía posarse estaba erizada de rocas, la menor de las cuales podría despedazar el frágil vehículo. Y aquí entran en juego dos cualidades que lo hacían único: sus miles de horas de vuelo, que aportan la capacidad de tomar decisiones instantáneas; y su legendaria sangre fría, que le había valido el apodo de el hombre de hielo. Quizá otro comandante habría abortado la misión, pero no él. Para completar el cuadro de un desastre potencial, una alarma no paraba de chillar (luego se descubrió que no tenía mayor importancia, y la provocaba una sobrecarga del rudimentario ordenador de a bordo) y el radar de altura se estaba comportando de manera errática. Pero Neil era de una pasta especial: pilotando a ojo, pasó de largo el sitio de aterrizaje mientras Buzz Aldrin le recitaba con voz neutra el escaso combustible que quedaba y la altitud. En Houston intuían que algo pasaba, pero no era momento de incordiar con preguntas (en un momento así, el CAPCOM lo mejor que puede hacer es estarse calladito). Finalmente, divisó un sitio prometedor.
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Comandante Neil Armstrong

El resto es Historia. Puso el módulo en posición vertical (con lo cual perdió la visibilidad de las minúsculas ventanillas), y descendió hasta que las varillas con los sensores de contacto pitaron. Apagó el motor de descenso, y posó la nave como una pluma... quedaban escasos segundos de combustible. Los de Control de misión respiraron, incluso le dijeron a Neil que algunos en la sala se habían puesto azules. Pero ésta, la verdadera historia del alunizaje, no fue la que se contó inmediatamente al público: el momento era tan importante, que la NASA prefirió ofrecer la imagen de una misión perfecta, sin contratiempos. Pero al poco se supo la verdad, y eso cambió para siempre la política de comunicación de la Agencia: se adoptó, realmente esta vez, la transparencia total. Además, eso les permitía alardear de que Estados Unidos no ocultaba nada, al contrario de los soviéticos (efectivamente, la URSS tenía una política de secretismo total). Esto podría verse dramáticamente reflejado en lo que se llamó el más glorioso desastre de la NASA, la misión Apollo 13, donde no se ocultó ni tergiversó absolutamente nada (para los familiares fue un trago muy duro).

Personalmente, creo que no retransmitir exactamente lo que sucedía fue un grave error. Este alunizaje, con sus problemas y errores, antes que menoscabar la imagen de la NASA, la enaltece, la humaniza. Se demostró que sus astronautas estaban en condiciones de realizar una de las más grandes proezas de la humanidad en condiciones adversas y difíciles, que la exploración del espacio es peligrosa y arriesgada, que sólo gente de una pasta especial puede embarcarse en esa aventura. Lo bueno es que aprendieron la lección, y no hay más que entrar en su web para comprobar que no se oculta absolutamente nada (podría pasarme el resto de mi vida mirando el material de archivo, y no terminaría, y es accesible a cualquier persona). En fin, este Peregrino no viajará a la Luna, pero la lección de Neil sigue siendo válida: en caso de ver que se acerca algo jodido, mantén la calma, busca la solución y si no la hay, pues elude el asunto hasta que puedas encontrar un terreno más amistoso.

P.S.: Como ven, me resulta difícil no escribir sobre temas del espacio. A quien le interesen estas cosas, pueden visitar mi otro blog, El gato cuántico, pinchando AQUÍ. Aunque lo tengo un poco abandonado, pobre...

El Peregrino cumple años

Así es, lectores de este manojo de sueño, que diría Serrat, tal día como hoy venía al mundo tras tenaz resistencia el Peregrino Gris. No fue fácil, y casi nos vamos para el otro barrio mi madre y yo, pero ya les dije que a cabezota no me gana nadie. Así que hoy no hay entrada, sólo me regalaré un par de canciones que me chiflan (si Blogger quiere y me permite reproducir a Youtube). Besos a tod@s.




En primer lugar un divertimento de Queen: Seaside Rendezvouz


Luego esta canción que me emociona hasta las lágrimas por motivos personales: Love of my life, en vivo.


Y finalmente esta maravilla de Metallica, Nothing else matters, con la sinfónica de San Francisco:


Nota: si no podéis reproducir el vídeo, es cosa del navegador. Chrome no los reproduce por un problema con el complemento Shockwave, sin embargo con Firefox no he tenido problema para verlos. Definitivamente, abandono Chrome. Fue un navegador bueno, pero últimamente no da más que problemas con los plugins y demás.


Costumbres funerarias en la antigua Roma

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Lápida con la inscripción S·T·T·L·
Una de mis épocas favoritas es la Roma Imperial. El único tattoo que llevo, está inspirado en ella. Me chifla, y como el rito de paso, el del final de la vida, nos dice mucho acerca de un pueblo, veremos qué hacían los romanos con sus muertos.

El propósito de esta nota no es comentar los ritos funerarios de los grandes y poderosos, sino de un ciudadano común. Podía haber variantes de acuerdo a su posición económica, pero no muy sustanciales.
La importancia de un entierro decente estaba dada en principio por la visión del romano medio acerca de la otra vida: pensaban que el alma del difunto sólo descansaba y era feliz si era enterrada siguiendo los ritos adecuados. Hasta ese momento, vagaba cerca del lugar de su muerte, atrayendo la desdicha (si esta situación se prolongaba, corría el riesgo de transformarse en una larvæ, un espíritu maligno que atormentaba a quienes habían descuidado las ofrendas debidas).

La costumbre más antigua era la inhumación, incluso tras la amplia introducción de la cremación se conservaba un hueso, generalmente de un dedo, que era debidamente enterrado. De todos modos el enterramiento siempre fue una costumbre muy popular entre la plebe, ya que no todos podían costearse el precio de la leña para una cremación. Las leyes estipulaban que no se podían inhumar cadáveres dentro del pomerium, el recinto de la ciudad, por lo cual muchos pueblos de los alrededores e incluso las calzadas contaban con tumbas (la Vía Appia solía ser utilizada por familias ricas).
La tumba podía ser individual, familiar o de gran escala: en efecto, existían hermandades funerarias cooperativas. El ciudadano se asociaba, y mediante el pago de una modestísima cuota se aseguraba que a su muerte sus restos recibieran los honores y la sepultura debidos. Caso aparte es el vertedero de basuras del Esquilino: los cuerpos de ajusticiados, víctimas de la arena del circo o esclavos extranjeros eran arrojados allí junto con la basura y los cadáveres de animales, hasta que el Divino Augusto prohibió esta práctica y cerró el vertedero, convirtiéndolo en un parque público.

Veamos ahora la ceremonia. Para los niños pequeños se hacía todo con mucha simplicidad y tranquilidad: simplemente se los amortajaba y el pater familias entonaba las bendiciones correspondientes y ofrendaba a los Lares de la casa. En el caso de un adulto, se trataba de que el óbito tuviera lugar en su casa, rodeado de su familia que lo confortaba. Una vez acaecida la muerte, el hijo mayor realizaba la conclamatio: se inclinaba sobre el cadáver y lo llamaba por su nombre, con la esperanza de que volviera a la vida. Luego se cerraban los ojos, se lavaba el cadáver con agua y se lo ungía con aceite. Luego se lo vestía con la toga y se le colocaba en el lecho fúnebre en el atrio de la casa, con los pies hacia la puerta (aún hoy se dice que cuando no sobrevivirás a algo “te sacarán con los pies por delante”). El lecho se rodeaba de flores y se quemaba incienso, y a la puerta de la casa se colocaban ramas de pino o ciprés. En algunos casos se introducía una moneda en la boca para pagar a Caronte en su tránsito por la laguna Estigia, pero esta no era una costumbre tan común como las películas suelen dar a entender.

Finalmente, rodeado, de su familia, amigos y vecinos, el cuerpo era llevado a hombros, y un pregonero anunciaba:

Ollus Quiris leto datus.
Exsequias, quibus est commodum, ire iam tempus est. Ollus est
Aedibus effertur.
(Un ciudadano ha sido entregado a la muerte.
Para quien le interese, es ahora el momento de acompañar sus restos. Ahora será sacado de su casa.)

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Esta lápida tiene dibujada la casa del fallecido

El cortejo iba precedido por músicos, seguido por personas que entonaban cantos fúnebres elogiando al difunto. En familias nobles seguía una escena espectacular: las máscaras funerarias de cera de los antepasados eran sacados de la casa y portadas por actores vestidos al uso de la época de cada difunto. Era como si los antiguos antepasados volvieran a la tierra para guiar a su descendiente hasta su lugar entre ellos. Finalemente, el cadáver, seguido por los miembros de su familia, libertos, amigos y esclavos, todos de luto.

Llegados al lugar del sepelio, se consagraba el lugar de la inhumación y se cremaba el cadáver o se enterraba, según el caso. En caso de ser incinerado, se cubría el cuerpo con flores, especies, perfumes y regalos. Un pariente cercano encendía la pira y todos pedían por la felicidad del muerto. Se recogían las cenizas para introducirlas en una urna, excepto el dedo ya mencionado (os resectum), que era enterrado. Finalemente, todos los asistentes eran rociados con agua para purificarlos y era sacrificado un cerdo, que era consumido por los parientes. Hecho esto, volvían a casa donde hacían una ofrenda a los Lares y los ritos estaban terminados.

Luego era costumbre guardar los llamados “nueve días de dolor”, de luto riguroso, al término de los cuales se ofrecía al muerto el sacrificium novendiale. Era de buen tono mantener el luto unos diez meses para los parientes próximos. Finalmente, la memoria del difunto era recordada durante los días parentales (parentalia)  y en los aniversarios de su nacimiento o entierro; en estos casos se hacían ofrendas a los dioses y a los Manes del muerto. Se encendían lámparas en la tumba y los parientes realizaban allí una fiesta y ofrecían comida al difunto.

Así pues, vemos ya prefiguradas algunas costumbres que perviven aún hoy. Me conmueve especialmente la inscripción de las lápidas, Sit Tibi Terra Levis (Que la tierra te sea leve, abreviada S·T·T·L·)... el conmovedor deseo de que la tierra que cubre al difunto no lo oprima. Pueblo grande y noble el romano, a quien debemos casi toda la cultura de Occidente. Nunca me cansaré de aprender sobre ellos.

Fuente:  “La vida en la antigua Roma”, Harold W. Johnston

Emptiness

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No tiene nada que ver, pero me gusta
Hay palabras inglesas que me encantan. Transmiten una sensación, además de su significado literal. Como moonlight, simplemente la luz de la luna, pero evoca inmediatamente romanticismo. Pues lo mismo me ocurre con emptiness, vacío o vacuidad. Está el simple vacío físico (un museo vacío), pero también está el vacío del alma, ése que nos asalta a veces. No sé si le pasa a todo el mundo, o si comerse la cabeza con asuntos metafísicos es ocupación de algunos, mientras el resto se dedica simplemente a disfrutar de la vida. No tengo ni idea. Lo que sí tengo claro es que la angustia existencial, cuando se presenta, puede ser muy dura.

La satisfacción interna plena me resulta difícil de lograr, y creo que Occidente entero ha evolucionado en un sentido del que nos será difícil salir, si es que nos interesa salir, cosa que dudo. Durante siglos, las inquietudes metafísicas sólo tenían una respuesta: la religión (y más te valía que no te apartaras de esa ortodoxia, si no querías ser protagonista involuntario de un asado a la leña), pero la Ilustración y el auge de la ciencia terminaron por dar al traste con esta solución, que en realidad no era tal. Hoy, con las herramientas que la educación ha puesto a mi alcance, no puedo, literalmente, creer en leyendas de la edad del hierro, concebidas por un puñado de pastores en Cercano Oriente. Esos mitos tan bastos, tan fácilmente refutables, tan vapuleados por la ciencia, que los ha desmontado del primero al último... eso, obviamente, no puede servir a ningún propósito de satisfacción metafísica o interna.

Muerta la religión a efectos prácticos (hablo de convicción profunda, no de actos sociales), Occidente llenó ese hueco con el consumo. Consumo de cosas y más cosas. Tenemos acceso a una gama ilimitada de objetos. Y consumimos también cosas que tienen un aspecto, digamos, espiritual. Consumimos yoga, reiki, ayurveda... consumimos, previo pago, claro, todo lo que el cambalache espiritual nos ofrece. ¿Y cual es el problema? Que nada de esto sirve de veras cuando sufrimos el asalto de la angustia de la existencia. Ni las cosas, ni las tonterías místicas sirven absolutamente para nada cuando nos enfrentamos a la certidumbre de la aniquilación que nos espera, ni cuando nos preguntamos qué estamos haciendo con nuestra vida, qué es lo que queremos en realidad, porqué si lo que de verdad deseamos es otra cosa, no lo hacemos simplemente en vez de darle vueltas. No es que yo, particularmente, desee en este momento hacer un cambio radical de vida, pero me ha pasado, sé lo que se siente, y sé que en esos momentos de angustia no hay nada en este mundo, ni la muerta religión, ni objeto alguno, ni mandanga esotérica que te sirva de nada.

En fin, ya veis, hoy me dio por divagar. Y si alguna vez ven que este blog no se actualiza, no se preocupen: seguramente habré decidido cambiar de vida y estaré en un monasterio zen meditando sobre la existencia, o pilotando un Cessna en Kenya. Los caminos del Peregrino Gris son inescrutables.

¡El Peregrino está de fiesta!

Empecé este blog hace unos cuatro meses simplemente para desintoxicar de mi otro blog, el de astronomía (El gato cuántico). La idea era, y sigue siendo, escribir de lo que se me ocurra, tal como me pase por la cabeza, sin elaborar, en bruto. El polo opuesto del otro, claro... en un blog sobre astronomía hay que pulir y cuidar todo para que sea accesible a todo el mundo. Sinceramente, pensé que esto no sería leído ni por el Tato (lo confieso, mi pensamiento fue "y a quién carajo le puede interesar lo que pienses sobre el libro tal, la película cual o la siembra de nabos en Alallabad"). Pues hoy, gente, superamos las 5.000 visitas. Así pues, quiero dar las gracias a tod@s: los que leen esto asiduamente, los que entraron una sola vez y salieron espantados, los que entran sólo por las fotos, los que les gusta, los que le parece una birria... a tod@s, gracias, de corazón. Aquí seguirá este Peregrino dando la tabarra, mientras haya tiempo y ganas. Nos vemos.

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Escenas memorables (de libros)

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Jorge de Burgos
El otro día tuvimos escenas memorables del cine. Hoy, rememoraré algunas de libros, en el orden en que me salgan. Dado que mi memoria degenera a pasos agigantados, y andar buscando las citas textuales implicaría andar buscando en Google (o lo que es peor en mi caótica biblioteca) y estoy perezoso, simplemente mencionaré de qué se trata y quizá alguna frase aproximada. Y si no leyeron el libro en cuestión, pues hacen lo que los nativos de Zanzíbar cuando llueve.

  • El nombre de la rosa: el terrible diálogo entre William de Baskerville y Jorge de Burgos (trasunto literario de Borges, también bibliotecario y ciego) acerca de la risa. Pocos personajes más tristes y amargados que Jorge ha producido la literatura.
  • El aleph: Este sí me lo sé de memoria: cuando Borges visita la casa de Beatriz, a pesar de su estomagante primo, y mirando su retrato le dice con desesperación "Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges". Ese "perdida para siempre" introduce en tres palabras lo irrevocablemente trágico de la muerte y tiñe la escena de tristeza y melancolía.
  • Cosmos: El libro entero es una maravilla, pero especialmente cuando habla acerca de que la Tierra es la orilla del océano cósmico, y que el mar del infinito nos llama, remueve algo muy hondo en mí, y creo que en toda la especie humana (salvo aquellos que dicen que viajar al espacio es un despilfarro porque hay problemas en la Tierra. Si fuera por esa gente, todavía la Humanidad estaría apelotonada en África Oriental... total, para qué ir más allá).
  • El Señor de los Anillos: Aquí estoy en un aprieto: me fascina todo el libro, entero. Elegiré tres escenas al azar: cuando Gandalf, en las Minas de Moria, le dice a Frodo que no sea ligero al adjudicar la muerte; cuando en las laderas del Orodruin Sam carga con Frodo, que no puede más, y la despedida final en los Puertos Grises (no os diré "no lloréis", puesto que no todas las lágrimas son malas). Madre mía, qué libro.
  • Martín Fierro: Libro canónico en Argentina, una historia de gauchos escrita en verso. Hay una escena memorable, cuando Cruz, un milico de los que está acosando a Fierro, echa pie a tierra gritando que no va a consentir que maten a un valiente y se pone a luchar codo a codo con éste.
  • La sombra sobre Innsmouth: Estupendo relato de Lovecraft. Hay una escena muy buena cuando describe el ambiente de decadencia y podredumbre del barrio cercano al puerto, pero la persecución final del melindroso protagonista por parte de las deformes huestes de Cthulhu es verdaderamente angustiosa. Muchos relatos de este hombre producen realmente una sensación pesadillesca.
  • The road: Brutal y sombría novela de Cormac McCarthy. Un hombre y su hijo recorren un Estados Unidos postapocalíptico, donde no hay comida, ni animales, ni plantas. Hay una escena especialmente espeluznante en la que entran en un sótano buscando algo que comer, y se encuentran con seres humanos encadenados, destinados a servir de alimento a una banda de caníbales. Horroroso.
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Conan, el hombre que no sabe llamar a la puerta
  • Cánticos de la lejana Tierra: En esta historia de amor espacial, Arthur C. Clarke nos pinta la destrucción de nuestro planeta al convertirse el sol en "nova" (es un error de bulto, pero bueno... al tío Art se lo perdonamos). Y hay una escena terrible, cuando los tripulantes de la nave se alejan del planeta sentenciado y ven mediante sus telescopios la agonía y muerte de la Tierra. Te entran ganas de llorar.
  • Hombres a caballo: Un relato periodístico del inicio de la guerra de Afghanistán, gran parte de la cual se libró, literalmente, a caballo. Hay dos escenas que me quedaron grabadas: una es cuando el norteamericano decide impresionar a su colega afgano, y decide pedir el lanzamiento de una bomba GBU-43/B Massive Ordnance Air Blast bomb (MOAB), el artefacto no nuclear más poderoso existente en ese momento... las comunicaciones talibanes (unos se escuchaban a otros todo el tiempo) son aterradoras, los tíos estaban seguros de haber sido víctimas de un ataque nuclear. Y la otra es cuando uno de sus combatientes se acerca al general Dostum, de la Alianza del Norte, y le dice que si pueden aplazar un par de días un ataque, que unos primos suyos reclutados a la fuerza están en el pueblo que será atacado, y el otro accede... estas prácticas, al parecer, eran de lo más común. 
  • El vino del estío: En esta maravillosa serie de relatos, Ray Bradbury nos describe el verano de 1928 (creo) en un pueblecito del interior de Estados Unidos, desde el punto de vista de dos niños. Y la Historia de la muerte de la bisabuela es de las que me hace llorar como un pelotudo cada vez que la leo, no puedo evitarlo.
  • Hazañas y chapuzas bélicas: El más irreverente e iconoclasta repaso a las acciones bélicas que haya leído. Humor negro y sardónico, a veces salvaje, sirve para ilustrar las más delirantes historias guerreras (la descripción de la épica batalla de Perejil, titulada "Los teleñecos en Iwo Jima", es para hacerte perder el sentido de la risa). Pero la escena en que describe un "general" liberiano que se hacía llamar "Butt Naked" (Culo al aire, lo traducen), que entraba en combate desnudo, bañado en sangre de un sacrificio humano y llevando peluca y bolso de señora es verdaderamente inenarrable. Si no fuera tristemente cierto, sería una obra maestra del surrealismo.
  • Conan: Uno de los tantos relatos de Robert E. Howard, no recuerdo cuál. Llega el ínclito Conan a una posada en una ciudad en el desierto, saca su espada y aporrea la puerta con el pomo, mientras vocifera algo como "¡Abre de una vez, por Crom, quiero comida y un lecho, y lo tendré aunque tenga que echar la puerta abajo!". Siempre me he preguntado... ¿no podía simplemente usar el llamador como todo el mundo?
Bueno, ya vale por hoy. Seguramente habrá una segunda entrega, que libros es lo que sobra en casa del Peregrino Gris. Y respecto a lo que hacen los de Zanzíbar cuando llueve quizá os lo cuente en otra ocasión. O no. Nunca se sabe.

Modern warfare... algún vicio hay que tener

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Capitán John Price
No me entusiasman demasiado los videojuegos. Había jugado -siempre en ordenador- a simuladores de vuelo de aviones y helicópteros de combate, con escaso éxito (menos mal que no fui piloto, ya estaría muerto), hasta que un glorioso día, no sé porqué, se me dio por comprar el Call of Duty... ¡madre mía, qué gráficos! Nunca había visto algo así. Esos cielos, esos efectos de luz... pero claro, luego llegó la segunda entrega, siempre ambientado en la Segunda Guerra Mundial. Y tras agotar ese ambiente bélico llegó la revolución: Call of Duty: Modern Warfare. Y aquí mi perdición. Este juego no me dio la impresión de ser un videojuego al uso: los gráficos son tan hiperrealistas que es como estar inmerso en una película bélica. 

A este tipo de videojuego se los llama shooter en primera persona, porque efectivamente tu ves tus manos y tu arma, y girar el ratón es como si giraras la cabeza o el cuerpo. La diferencia del MW con las versiones de la 2ª guerra son increíbles, no sólo en la calidad de los gráficos sino en el minucioso estudio del movimiento humano: que un enemigo reciba un tiro en una pierna no es lo mismo que lo haga en la cabeza, y la cinética del cuerpo al caer es simplemente perfecta, dándole un realismo nunca visto (en el CoD, los alemanes eran tan decentes que al morir simplemente caían de espaldas y hasta cruzaban los brazos sobre el pecho). 

Modern Warfare inauguró una gran novedad: introducir un argumento. El Call od Duty eran simplemente tiros: aterrizabas en un pueblo francés, te liabas a tiros con los boches, y sanseacabó. Pantalla siguiente. En cambio el MW tiene un argumento como el de una película, con varias subtramas: el terrorista Al Assad, el siniestro Zakhaev, incluso un flashback que te lleva a los alrededores de Chernóbyl... sólo que en esa peli, tú estás dentro.

Y si el juego es divertido y adrenalínico, también son una pasada sus personajes: el capitán John Price, del SAS británico, experto en todo, capaz de orientarse en una favela de Río de Janeiro, en un arrabal de Sierra Leona, en las alcantarillas de Praga o las calles de París. Su sentido del humor negro (buenas noches, suele decirle a sus víctimas después de meterles un pepinazo en la cabeza con un fusil de francotirador) y su sempiterno puro lo hacen de un políticamente incorrecto que es de agradecer.
Por otro lado anda John Soap McTavish, un escocés también del SAS. Víctima de las reprimendas de Price, en la última entrega, la de su muerte, (siempre te recordaremos, Soap), está hecho un verdadero macarra, y se mete con su amigo y mentor llamándolo "viejo" a modo de recordatorio de que ya no es el Soap bisoño de los comienzos. Curiosamente, no hay ningún personaje norteamericano memorable: el único es un repugnante traidor llamado Sheperd, a quien te cargas lanzándole un cuchillo y clavándoselo en un ojo, y suelo recordar a un pobre marine apellidado Jackson, que parece ser el único pringado del pelotón: ¡Jackson, ve a por el Stinger! ¡Jackson, ataca esa posición! ¡Jackson, tripula el UAV! Joder, más de una vez me ha hecho gritarle a la pantalla (sí, le grito al PC, ¿pasa algo?) ¡pero joder, ¿no hay nadie más que Jackson en este jodido pelotón?!

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John "Soap" McTavish
Y los malos malísimos... Al Asad, un golpista y terrorista árabe que provoca una detonación nuclear en un emirato imaginario del Golfo Pérsico (y termina siendo ejecutado tras ser... ejem... digamos interrogado); Imran Zakhaev, un traficante de armas y líder político de una milicia rusa liquidado por McTavish (o sea, por tú mismo) y Vladimir Makarov, otro ruso flipado que termina mal, muy mal. Pero no todos los rusos son de los chicos malos: Yuri y el piloto Nikolai son inestimables aliados de tus personajes.

En fin, ya dijo Coleridge que para gozar de un cuento de terror hay que poner en suspenso la incredulidad... pues para un videojuego lo mismo. De esa manera puedes meterte dentro, sudar cuando te disparan, mosquearte cuando lo haces mal... vamos, ser el protagonista de tu película bélica privada. ¿Infantil? Puede. ¿Pero saben que? Me da igual. Me lo paso pipa, y seguramente seguiré compartiendo durante muchos años las andanzas de Price y Soap, auqnue las haya recorrido una y mil veces. Portque al fin y al cabo, comparado con el mundo real, Modern Warfare es un juego de niños.

Haiku

Un haiku de Matsuo Bashö, el gran poeta del período Edo.

Templo de Suma
oigo las flautas antiguas
desde la sombra de un árbol.

tumba-matsuo-basho
Tumba de Matsuo Bashö




Realidad, ficción y favelas

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Capitán Roberto Nascimento
Hace cuatro días leí una noticia que inmediatamente me trajo a la cabeza el viajo enunciado de que la realidad supera a la ficción. Resulta que la Policía Militar de Río de Janeiro había invadido unas favelas, con miras a pacificarlas, como operación de lavado de cara por la próxima celebración del mundial de fúmbol y los juegos olímpicos en esa ciudad. No diré nada de lo obsceno que resulta que un país que cuenta en su principal ciudad con algo como el fenómeno de las favelas se gaste millonadas para que unos tipos den botes, brinquen y corran detrás de pelotitas, allá cada cual con su conciencia. Simplemente que este escenario ya lo vi, pero no en los diarios (por cierto, quien no se haya enterado de la operación policial puede leer sobre ella en este enlace), sino en dos espléndidas películas brasileñas: "Tropa de élite" y "Tropa de élite 2: ahora el enemigo es otro".

De entrada, al leer la noticia, me entró la sospecha al leer que la invasión se realizó en minutos, no se disparó ni un tiro... y que no se apresó a ningún jefe narco. El descaro de esta irrupción pactada con los narcos me dejó estupefacto, y no pude menos que acordarme de las pelis citadas.
La primera de ella nos introduce en la situación personal del Capitán Roberto Nascimento, integrante del BOPE (Batalhão de Operações Policiais Especiais), que está harto, superado por completo por la brutal presión de una guerra urbana de las peores, pues el día a día de las favelas no es precisamente recibir a la policía con los brazos abiertos, sino a tiros. Y la gota que colma el vaso es nada menos que tener que limpiar una favela, esta vez no por el benemérito Comité Olímpico, sino porque al Papa Juan Pablo II se le ocurrió pasar la noche en un sitio contiguo a una de las favelas más violentas. Lo que ocurrió fue un reguero de favelados muertos, para que la santa cabeza pudiera apoyarse sin riesgo en la santa almohada esa noche. Vamos, que cualquier relación con la realidad no es mera coincidencia.

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¿Fotograma del film o realidad?
La segunda parte de la película nos muestra también como funciona el pacificar un sitio: se lo toma con la policía militar en una acción de fuerza de grandes proporciones, que garantiza titulares en todos los diarios del mundo, y durante un tiempo parece haber paz: ya no hay noticias de matanzas y tal. El Comité Olímpico puede tener paz en sus deportivas seseras, al parecer las favelas han mutado en jardines del edén en unas horas, pueden declarar que Río es una ciudad segura y blablabla. Pero, dear friends, la peli nos muestra cómo funciona en realidad esto: a los narcos se los expulsa, se los mata, o se pacta con ellos para que se larguen por un tiempo; las organizaciones de extorsión de éstos desaparecen... para ser sustituidas por organizaciones formadas por policías corruptos. Para el favelado de a pie la cosa no cambia mucho: antes pagaba el impuesto por utilizar su furgoneta de transporte colectivo, el enganche ilegal a la TV o lo que sea a alguna banda, ahora se lo paga a la policía (aunque hay un problema: si le dan una paliza de muerte o lo matan por no pagar... ¿a quién se denuncia? ¿a la policía?). Pero la cosa tiene trampa, pasiero. Cuando estaban las bandas, había lucha por el control, asesinatos, torturas... cosas de las que salen en los diarios e inquietan a los olímpicos o a los mundialistas fumboleros. En cambio, con el asunto bajo control policial, todo parece tranquilo, los diarios no dicen nada, y los jerifaltes del deporte no ven sus conciencias sobresaltadas. Así funciona la cosa, aunque sea triste saberlo.

Alguno se preguntará porqué doy crédito a lo que muestre una película. Pues porque no es una de Rambo. Están basadas en un libro del mismo título, escrito a tres manos por gente que conoce el tema desde dentro, incluído un ex miembro del BOPE y el ex secretario nacional de seguridad pública de Brasil. Y les aseguro que, con lo brutales que son, las pelis se quedan muy cortas respecto a los que se cuenta en el libro.
En fin que como se suele decir, nihil novum sun sole. Sólo que esta vez el parecido fue tan descarado que me llamó la atención. Sólo me faltó ver al Capitán Nascimento en alguna foto. Y para terminar, una de las frases que más me gustan de la segunda película: el sistema no trabaja para resolver los problemas de la gente. El sistema trabaja para resolver los problemas del sistema.


Un día en mi vida

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Ahí voy yo
De los lectores de este blog, hay cinco que me conocen en persona y un montón que me conocen de Facebook: esas personas saben algo de mi día a día. Pero los demás puede que crean que no tengo nada más que hacer que sentarme frente al ordenador a jugar Modern Warfare (si no sabes lo que es esto, te has perdido lo mejor de la vida) o escribir estas boludeces. Pues no, llevo una vida de lo más atareada, y para que me conozcan un poco más les voy a contar cómo es un día cualquiera en mi vida.

Por ejemplo ayer. Me levanté como siempre, a las 3:30 de la mañana, no porque siga la regla de la orden benedictina y fuera el fin de Maitines, sino porque el día se me queda corto. Para empezar el día lo mejor es un desayuno nutritivo, de modo que opto por el desayuno tipo anglosajón, que mezcla el café, el zumo de naranja, el bacon, las alubias, el huevo frito y demás. El problema es que, curiosamente, odio desayunar, de modo que tras vomitar todo eso me tomo un Primperán® y un té con limón. Y ayer ni eso: un timbrazo me hizo saltar de la silla, y al abrir me encontré cara a cara con un equipo de la NASA. Resulta que se les había puesto malo un astronauta, y como soy uno de los más activos participantes de su web (han acuñado incluso para mí una cariñosa expresión en spanglish: "the fucking argentine incordio") pensaron que podría reemplazarlo, ya que su misión se trataba meramente de ser sujeto pasivo de un experimento.

Así que montamos en el helicóptero que habían dejado en la calle, transbordamos a un avión secreto que tiene la NASA construído con tecnología extraterrestre y con este trasto llegamos a Baikonur en media hora. Tras un rápido chequeo médico (a ver... una cabeza, dos brazos, dos piernas... está usted bien para volar, tovarich), me embutieron en el engorroso traje especial y me subieron a bordo, junto a mis camaradas Dimitri y John. La cuenta atrás en ruso resulta de lo más curiosa, pero me temo que volver a oírla en inglés, desde cabo Cañaveral, es cosa problemática. En fin, el caso es que nos lanzaron y llegamos sin novedad. La verdad, la Estación Espacial Internacional me resultó sorprendentemente grande, pero no tuve tiempo de admirarla: me ataron a una camilla, me llenaron de cables, y comenzaban a inyectarme dios sabe qué, cuando empezaron a destellar luces rojas por todos lados: ¡el maldito trasto se estaba despresurizando! Logré soltarme como pude (los malditos bastaros me habían dejado ahí), y me abrí paso como pude, entre gente que flotaba tratando de encontrar la fuga, y de paso haciendo callar de un trompazo a Dimitri, que no hacía sino gritar ¡Боже мой, мы все умрем!, poniéndonos nerviosos a todos. Cogí un papel, lo hice confeti, y lo fui siguiendo hasta el punto donde era absorbido: una minúscula grieta expelía el aire hacia afuera. Como llevaba mascando chicle sin parar (se me taponan los oídos con la altura), simplemente la sellé con la pegajosa porquería esa, y asunto arreglado. 

No referiré por modestia el festejo que montaron, pero les recordé que tenía que volver a la Tierra ya que tenía que darle de comer al gato (si no come cada dos horas, puede maullar hasta morir) y encima ponían en Discovery Channel mi programa favorito: "Los rebuscadores", una apasionante saga sobre una familia que se dedica a rebuscar en los desguaces de coches a la busca de carburadores viejos, para abrillantarlos y exhibirlos en el museo del carburador, en Apaloosa, Alabama. Así que aprovechando que tenían que mandar de vuelta a la Tierra una cápsula con experimentos terminados, me empaquetaron dentro y me mandaron para abajo.

De vuelta en casa, todavía me quedaba hacer la compra para la cena, dar de comer al gato (estaba histérico), preparar algo ligero para cenar como patatas fritas con huevo y chorizo, y al fin pude repatingarme en el sofá a ver a Los Rebuscadores. Pero estaba de mal humor: no había podido jugar al Modern Warfare.

Reincarnation

Jugando con la idea de la reencarnación, hace décadas escribí este ripio.


Mis pies descalzos han fatigado
la dilatada llanura africana
en la elegante figura de un Masai.
Mis sandalias de peregrino
recorrieron, mendicantes, los caminos
de la India, del Japón y de la China
bajo la túnica azafrán del monje.
Mis caligas de cuero
han hecho temblar el suelo
con mis seis mil compañeros
cuando extendimos el terror
y el poder de Roma victoriosa.
Botas de piel en la cubierta
de un salvaje Drakkar,
suaves zapatos de ante
en un obeso Abad Benedictino,
sigilosos mocasines en la América profunda
de los bosques...
Mucho han caminado mis pies,
esos fatigados pies que hoy continúan
transitando esta tierra.
Espero que este tránsito sea el último,
que este río incesante
desemboque el fin
en la Mar resplandeciente.

Juegos malabares con el tiempo, inquietudes despertadas entre otros por Borges... en la estrofa final la idea que tanto me gusta del Nirvana, tan mal comprendido en Occidente... hay quien piensa que el Nirvana es el cielo de los budistas, o que ellos creen que tras morir vas al Nirvana, cuando en realidad es un estado inefable, que no se puede describir con palabras... quizá la que más se acerque en castellano es extinción, o aniquilación. Preguntado al respecto, el Buddha (a quien le molestaban estas preguntas metafísicas) respondió secamente "¿adónde va la llama de una vela cuando se apaga?". Recuerdo con cariño esa época de preguntas incesantes y de experimentación. Nunca llegó la certeza, pero el juego fue divertido.

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Escenas cinematográficas inolvidables

blade-runnerEl cine, como cualquier otra cosa en la vida, nos ofrece escenas sublimes, mediocres, intrascendentes u horribles.Pero tiene un poder evocador que pocos medios artísticos tienen. Así que hoy vamos a compartir algunas escenas cinematográficas que me encantan, las iré escribiendo tal y como se me ocurran... obviamente no serán todas (llenaría el blog), pero pondré unas cuantas. Algunas son enormes clásicos, que son ya iconos de la cultura popular, otras son quizá chorradas pero que a mí me gustan. Vamos allá.

  • El bar de Rick en Casablanca. Los alemanes cantan una marcha de guerra, y el soso de Laszlo hace lo único destacable de su papel: se levanta, se dirige a la orquesta y comienza a sonar Le Marsellaise, que termina siendo cantada por todos, en un duelo musical. No pongo la mítica escena final (Louie, este es el comienzo de una hermosa amistad) por demasiado obvia.
  • Conan corre por una estepa perseguido por lobos... sube a un túmulo y se salva por los pelos, cae en una cueva y resulta ser la tumba de un rey, en la cual obtiene una espada. Sale y echa una mirada a cámara inenarrable. Corte y en la escena siguiente sigue corriendo por la estepa, pero ahora... con una flamante capa de piel de lobo. El Chuache es muy capaz de haber curtido la piel a salivazos.
  • En La lista de Schindler, se está vaciando el Ghetto de Cracovia. En medio de la barahúnda infernal de tiros y gritos, un SS sentado a un piano toca una bella melodía. Dos cansados compañeros suyos se paran en la puerta y uno pregunta ¿Bach? y el otro lo mira disgustado y le dice "no, Mozart", y la música sublime sigue sonando mientras prosiguen las carreras y los disparos.
  • Rick Deckard está a punto de caer desde un edificio enorme, bajo la lluvia... su única mano de apoyo cede, y Roy, el replicante, lo coge de la muñeca y le dice “Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo.” Una frase perfecta, alguna vez hablaremos de ella y su relación con nuestras vidas.
casablanca
  • Una torre de control en medio de una emergencia. Todos corren, atareados, y Lloyd Bridges, con los pelos alborotados, comenta "mal día para dejar de esnifar pegamento". Sublime.
  • Final de la magnífica Looking for Richard, de Al Pacino. Retazos de la película van desfilando mientras una voz en off recita un glorioso parlamento, que termina así: "y conforme este desfile insustancial se desvanezca no dejará ni una huella detrás. Estamos hechos de la misma sustancia de los sueños, y nuestra pequeña vida está cercada por un sueño". Te quedan los pelos como escarpias.
  • Yoda está entrenando en las artes Jedi a Luke. Cuando llega el momento de utilizar la Fuerza para mover cosas, Luke duda, y le dice a Yoda "lo intentaré". Y la respuesta es memorable: No. Hazlo, o no lo hagas, pero no lo intentes.
  • La sala de control de misión de la NASA es un caos. El Apollo 13 ha sufrido una explosión, y quizá no sobrevivan. Ed Harris (el enorme Ed) da una serie de órdenes y pronuncia una frase mítica (la tengo en mi camiseta del Apollo XIII): "El fracaso no es una opción".
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  • En las Minas de Moria, Gandalf habla con Frodo tras ver a Gollum. Frodo lamenta que Bilbo no hubiera matado a Gollum cuando pudo hacerlo, y Gandalf se lo reprocha: ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte. Pues ni el más sabio puede discernir esos extremos." Obviamnete la frase original me gusta más, pero Peter no lo hizo mal tampoco.
  • En su lecho de muerte, Mozart dicta la partitura del Réquiem a Salieri. Éste escribe, enfebrecido, y llega un momento que, abrumado, suelta la pluma y se coge la cabeza... la música que le están dictando es demasiado para él, no puede seguir el ritmo de lo que está oyendo... de verdad que signore Salieri tenía razón. Si dios existiera, su voz sería la música de Mozart.
  • Saddam Hussein pelea contra el presidente de Estados Unidos (una vez más, el genial Lloyd Bridges). Se le acerca mucho y le suelta una de las amenazas más terroríficas de la historia del cine: "te mataré hasta que mueras"
  • La Marine Colonial Vásquez hace flexiones en la nave Sulaco. Uno de sus compañeros le dice "¿eh, Vásquez, nunca te han confundido con un hombre?" y la respuesta de la única tía armada que me convence es brutal: "No. ¿Y a ti tampoco?".
  • Y para terminar con algo épico.... el General Máximo Décimo Meridio se reúne con sus oficiales de caballería antes de un ataque contra una tribu germana, en un bosque... les espera la brutalidad y el horror de la batalla, y les dice: ¡Manteneos firmes! ¡No os separéis de mí! ¡Si os veis cabalgando solos por verdes prados, el rostro bañado por el sol, que no os cause temor! ¡Estaréis en el Elíseo y ya habréis muerto! ¡Hermanos! ¡Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad!. ¡No es cierto, vamos, pero suena estupendo!
En fin, como ya dije, hay miles. En alguna otra entrada hablaremos de frases y escenas de la literatura. Pero ya vale por hoy... fundido a negro y... ¡corten!.

Lo que hace el aburrimiento...

Pues eso, mañana lluviosa de domingo, no apetece nada, y menos aún ponerse a escribir, de modo que el Peregrino se pone a jugar con el ordenador y hace tonterías como ésta. ¡En fin, es lo que hay!


Inquietudes metafísicas


buddhaYa he dicho en alguna ocasión que soy ateo. Y no sólo ateo, sino descreído acerca de todo lo que se trate de seres espirituales, ángeles, diablos, extraterrestres que vienen a salvarnos y demás criaturas propias de la imaginación humana. Pero en cierta época de mi vida me acerqué a una filosofía que en occidente se suele tachar de espiritual -cuando no de religiosa-: me refiero al budismo. 

Creo que todos, en mayor o menor medida, hemos padecido en algún momento de nuestra vida lo que se ha dado en llamar angustia metafísica, ese vacío vital que te llena el alma de dolor. Muchas personas, en tales trances, suelen acudir a la religión, cosa que en mi caso es inviable: nunca creí en dioses, quizá consecuencia directa de la educación de un padre anarquista y ateo. Pero a raíz de la lectura de un librito que compré en un quiosco me acerqué al budismo, y no tuve mayor problema. En principio (digan lo que digan quienes no lo han estudiado) no es una religión: Siddhartha Gautama no es un dios, ni el hijo de un dios, ni un enviado, ni un profeta ni nada que se le asemeje. Fue un hombre, que hace unos 25 siglos, decidió encarar precisamente el tema del dolor y hacerle frente con las armas de las que disponía en esa época y cultura, y escogió seguir unos preceptos y una herramienta: la meditación. Y punto leré, no hay más. En numerosas enseñanzas suyas, cuando sus discípulos se iban por las ramas y empezaban a preguntarle por los dioses o la vida después de la muerte, o la reencarnación, los mandaba secamente a paseo. Así que ya vemos que de religión, nanay.

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Para meditar no hace falta un templo
Claro que el tiempo pasó, y una vez muerto Gautama, florecieron toda clase de escuelas de interpretación de sus enseñanzas, que, efectivamente, transformaron al Buddha en un ser cuasidivino, que obraba prodigios y demás zarandajas (cosa comprensible por otra parte). Actualmente, quizá la rama del budismo más conocida sea la menos cercana al espíritu original del Buddha, la más cercana al pensamiento mágico: es la escuela Gelugpa del Tíbet, cuya cabeza es el XIV Dalai Lama (una vez casi me troncho cuando alguien, en un medio de comunicación, se refirió al Dalai Lama como "el Papa de los budistas"). También son conocidos (aunque su enseñanza no) los monjes Zen de Japón... paradójicamente la escuela más pura, la más fiel a la enseñanza original, la Theravada,  es casi desconocida en Occidente... quizá sea porque su práctica es austera y ardua, muy poco fashion.

En fin, que no pretendía soltar un rollazo sobre budismo. El tema es que estuve muy involucrado con ellos, aprendí a meditar, estuve incluso un tiempo en un monasterio en una época particularmente dura de mi vida, y me brindaron apoyo, consuelo y herramientas mentales para hacer frente a lo que me pasaba, y todo ello a cambio de nada: no me exigieron que me convirtiera, ni siquiera aceptaron dinero. Vamos, que sinceramente me gustaría poder llevar el budismo como forma de vida, pero, siendo sincero, no puedo. Intelectualmente me atrae, creo que los cuatro puntos fundamentales son verdades como puños, pero mi temperamento me impide regir mi vida según esas enseñanzas. Por ejemplo, y sin ir más lejos, si pillaba a los responsables de estar destrozando las vidas de mis conciudadanos, los hacía filetes... algo muy, pero que muy poco budista. En fin, el eterno choque entre la razón y la pasión. Y en ese choque este Peregrino siempre estará del lado de la pasión.

Ruinas

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Desde siempre me fascinaron las ruinas. Estas hijas de la entropía me llamaron la atención en mi niñez no tanto en las fotos de los libros de historia como en algo más vulgar y pedestre. En aquel barrio del arrabal de Buenos Aires había algunas casas que la chiquillería llamaba casas abandonadas. Por quien sabe qué azares, eran casas que habían quedado deshabitadas y sucumbían lentamente a la decadencia y la disolución. Sus jardines llenos de zarzas, sus arbustos descuidados, la maleza que todo lo invadía ponía un marco inquietante a la casa en sí. Una de las aventuras que más nos tentaban era la de entrar en una, por más que nuestros mayores nos alertaran sobre catastróficos derrumbes y presencias indeseadas de borrachos y vagabundos -linyeras, en el argot de aquella época- lo cual, como es obvio, espoleaba aún más nuestro interés. Recuerdo que una vez entré en una, y si bien no tengo imágenes claras, sí puedo evocar la atmósfera de miedo, de podredumbre y desintegración, un pavor inexplicable, puesto que nada había salvo paredes desnudas: ni derrumbes ni linyeras.

Años más tarde descubrí a Lovecraft, y encontré un pasaje memorable, que parecía encajar a la perfección con mis sentimientos infantiles: Pero el verdadero epicúreo de lo terrible, aquel para quien un nuevo estremecimiento de inconmensurable horror representa el objetivo principal y la justificación de toda una existencia, aprecia por encima de todo las antiguas y solitarias granjas que se levantan entre los bosques de Nueva Inglaterra, pues es en esta región donde mejor se combinan los sombríos elementos de fuerza, soledad, fantasía e ignorancia, hasta constituir la máxima expresión de lo tenebroso. Lejos queda Nueva Inglaterra de Buenos Aires, pero el maestro de Providence da en la clave del miedo inexplicable que producían estas modestas ruinas.

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Templo de Apolo, Delfos
Luego vino el descubrimiento de las grandes ruinas, claro, las clásicas: Egipto, Grecia, Roma (curiosamente, nunca he sentido el menor interés por las ruinas de Sudamérica o Centroamérica), incluso ruinas poco conocidas de Asia Central, desperdigadas a lo largo de la Ruta de la Seda. Todas ellas me transmiten una poderosa sensación de conexión con el pasado... estando de pie en la Acrópolis de Atenas literalmente se me erizaron los pelos al contemplar ese paisaje tan caro a la cultura de la Europa de Occidente. Y no puedo aquí dejar de evocar la figura contraria a quienes amamos las ruinas: una persona cuyo nombre obviaré volvió de Atenas decepcionado porque -literalmente- era todo viejo y estaba todo roto. Lo último que sería en este perro mundo (además de policía) es juez, de modo que no puedo ni quiero juzgar a esa persona. En aquel momento me dio rabia que no apreciara algo tan maravilloso, hoy, tantas décadas después, me da pena: es un sentimiento de asombro y maravilla que se ha perdido.

En fin, creo que las ruinas nos hablan elocuentemente... imperios, reinados, casas de personas, personas... todo es tragado por el tiempo y el olvido. Todos los fastuosos palacios, los solemnes templos, las imbatibles murallas... al final, todos terminan igual (por no hablar de nosotros mismos). Creo que de ahí nuestras reacciones ante ellas, el miedo, el asombro reverente... cosas que no sucederían si fueran sólo piedras. Esas piedras nos hablan, y nos hablan muy hondo. Cuando te encuentres con alguna de ellas, escúchala. Párate un momento, observa en silencio, deja en paz la cámara de fotos. Ellas ya estaban ahí cuando tú no existías, y seguirán ahí cuando ya no estés. Seguro que tienen una historia que contarte, y no será la misma para tí que para mí.

Brunanburh, 937 A.D.


Brunanburh, 937 A.D.

Jorge Luis Borges

Nadie a tu lado.
Anoche maté a un hombre en la batalla.
Era animoso y alto, de la clara estirpe de Anlaf.
La espada entró en el pecho, un poco a la izquierda.
Rodó por tierra y fue una cosa,
una cosa del cuervo.
En vano lo esperarás, mujer que no he visto.
No lo traerán las naves que huyeron
sobre el agua amarilla.
En la hora del alba,
tu mano desde el sueño lo buscará.
Tu lecho está frío.
Anoche maté a un hombre en Brunanburh.

Nota del autor: Son las palabras de un sajón que se ha batido en la victoria que los reyes de Wessex alcanzaron sobre una coalición de escoceses, daneses y britanos, comandados por Anlaf (Olaf) de Irlanda. En el poema hay ecos de la oda contemporánea que Tennyson tan admirablemente tradujo.

Borges, el incesante Borges, el culpable de que me tragara las sagas nórdicas. En este breve poema me conmueve que quien habla, un rudo y tosco guerrero sajón, en quien piense no es en su enemigo vencido, ni en la gloria de su tribu, sino en la mujer que esperará en vano al caído... es singularmente conmovedora para mí la imagen de la mano de la mujer dormida buscando al ausente, que no volverá. Poco a poco iré compartiendo mis poesías favoritas, un género que me costó apreciar, como ya conté una vez. Poco a poco, que hay más días que longanizas. (Vaya final más poco poético, oye).

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(Estoy seguro que el guerrero de arriba no se parece al nada al que habla en el poema de Borges, pero la imagen me gusta)

¡Cómo te rayas, P.K.D.!

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Sí, ya... ¿quién diablos es P.K.D.? Pues uno de mis autores favoritos de ciencia ficción, Philip Kindred Dick. No me propongo glosar su vida, eso lo hace la Wikipedia mucho mejor que yo. Escribo estas líneas porque anoche, tras muchas vacilaciones (ocasionadas porque el protagonista es el insufrible Tom Cruise) me decidí a ver Minority Report, un film de Spielberg basado en una novela del bueno de Phil. Y me reencontré con el universo obsesivo y opresivo de Dick. Es el sueño de todo ministro del Interior: unos seres manipulados pueden ver el futuro, pero sólo en lo referente a asesinatos, lo que permite detener a los... ejem... presuntos asesinos y encarcelarlos antes de que comentan el crimen. Naturalmente, estás deteniendo a un inocente, puesto que el acto del que se le acusa no ha sido realizado. Aquí afloran todas las obsesiones de Dick: el estado opresor y brutal, la sociología, los estados alterados de conciencia. La novela es tan buena que hasta hizo obviar la presencia del pequeñajo terror de las nenas

Recuerdo que mi primer contacto con este autor fue a los 10 u 11 años, con un libro brutal llamado Deus Irae, escrito con Roger Zelazny. En unos Estados Unidos devastados tras una guerra nuclear, hay varios tipos de seres: los humanos, los incs (de incompletos, gente a la que le faltan miembros) y los mutantes, engendros inteligentes de todo tipo generados por la evolución acelerada inducida por la radiación. En este mundo el cristianismo ha muerto (nadie puede creer en el dios cristiano después de lo que ha sucedido), y ha sido reemplazado por el culto a una figura absurda: un tal Lufteufel (juego de palabras con Teufel, "demonio" en alemán). Se rumorea que ese hombre se halla aún vivo, y un artista Inc emprende una peregrinación inverosímil a través de un paisaje de pesadilla para ver el Rostro del nuevo dios y plasmarlo en una obra. Fue mi primer contacto con Dick, y unos años después llegaría otro, éste el definitivo.

Blade Runner fue un antes y un después en la forma de ver cine de SciFi para muchos de nosotros. Lo que muchos admiradores de la peli no sabían es que (cómo no) está basada en un libro de Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?. Mucha gente que vio Blade se precipitó a comprar el libro, y se quedó a cuadros, puesto que poco tienen que ver... son dos obras de arte completamente distintas. En el libro, Roy, el replicante filosófico y duro de matar, es un androide con bastante poca sesera, y con menos aún habilidades de combate: Deckard lo encuentra, tira abajo la puerta de una patada y se lo carga. Así, sin más. Pero el cambio más evidente es el propio Deckard: es un idiota integral, cuyo único sueño y obsesión en la vida es cambiar su oveja electrónica por una real, que cuesta un dineral. Es un tipo limitado, envidioso, bastante mala persona... nada que ver con el guapérrimo Harrison Ford. En fin, que ninguna de las dos obras es mejor, simplemente son, con una base común, dos obras maestras diferentes. Y en ambas las mismas obsesiones acerca de la identidad, la memoria, el ser.

Podría seguir así toda la mañana. Dick tiene auténticas obras maestras como El hombre en el castillo, pero lo mejor que se puede hacer es leerlas (me he dejado en el tintero otra obra adaptada al cine de forma bastante esperpéntica con nada menos que el Chuache como protagonista (y con el icono sexual de toda una generación, una jovencísima y hermosa Sharon Stone): Total Recall, otro juego con la memoria). La inmersión en el mundo alucinatorio de Dick es toda una experiencia, pero vale la pena. Eso sí, si no les gusta, no me echen la culpa a mí.

Cuento zen (o la inutilidad de comerse el tarro)

Iban un anciano maestro del Zen y un joven discípulo caminando en meditación por la orilla de un río, cuando oyeron unos gritos desgarradores... al mirar, vieron que una mujer se ahogaba en la rápida corriente. El discípulo se quedó petrificado, en cambio el maestro se quitó el hábito en un santiamén, se arrojó al agua y sacó a la mujer a la orilla. Luego la saludó, se volvió a vestir y siguió su camino. El discípulo lo seguía, perplejo, hasta que un poco después estalló: ¡Maestro...usted es un Roshi!* ¡No debe tocar una mujer, y sin embargo la ha cogido en brazos! El maestro lo miró, compasivo -esa mujer iba a morir, e hice lo que tenía que hacer, siguiendo luego mi camino. Tú, sin embargo, aún sigues cargando con ella.


*Roshi: Literalmente significa venerable maestro (espiritual). Así se le llama a un maestro de zen maduro, quien puede ser un monje, un sacerdote, un laico, hombre o mujer.

Algún día les contaré de mi relación con el budismo, mi amor imposible. Pero, como diría Hannibal Lecter, but not today.

La enfermedad mental

Siempre me fascinó la idea de la locura. El primer libro que leí al respecto fue uno de un psiquiatra francés, Jean Thuillier. El libro de marras se titulaba El nuevo rostro de la locura, y era un viaje fascinante por las profundidades de la mente humana, a la vez que narraba los cambios en la psiquiatría  a partir de los años '60. Antes de esa época, el arsenal de la psiquiatría era poca cosa: ya se habían dejado atrás los bárbaros tormentos medievales, que se basaban en la estúpida suposición de que el enfermo mental estaba poseído por demonios, pero de todas maneras las terapias eran no sólo fútiles, sino también violentas y terribles. Las duchas de agua fría, el chaleco de fuerza, el uso de sustancias como el opio... todo ello era empleado no creo que por salvajismo, sino por mera desesperación y perplejidad.

Los '60 marcan el punto de inflexión con la aparición de los neurolépticos y psicotrópicos, sustancias que actúan sobre el cerebro y cambian la forma de actuar de éste. Esto fue una revolución médica y filosófica: ya no puede sostenerse con pretensiones de seriedad que nuestro pensamiento es un alma u otra entidad etérea: es mera consecuencia del funcionamiento cerebral; y si se influye en la materia del cerebro, el pensamiento, su curso y su contenido, puede cambiar. Thuillier fue testigo de excepción de esta época: vio el restablecimiento de un paciente que llevaba décadas en un estado semicatatónico mediante uno de los primeros neurolépticos, el Largactil®; participó en el estudio de las alucinaciones inducidas mediante el LSD y cómo éstas (y las de la esquizofrenia) desaparecían bajo la acción benéfica del Haloperidol®, la transformación del desagradable electroshock en electronarcosis, donde el paciente sedado no se entera de nada, vio cambiar el mundo de los afectados por el trastorno bipolar con el uso del litio... en fin, fue una carrera trepidante en la que participaban psiquiatras, psicólogos, neurólogos... todos en pos de comprender la enfermedad mental para tratarla mejor.

Y luego está la otra cara, la cara innoble. Gente que obviamente no padece enfermedad alguna, clama contra la cura de las enfermedades mentales y, entre otras barbaridades, ha creado lo que se ha dado en llamar antipsiquiatría. Según estos delirantes, que han causado un inmenso daño, la locura es una especie de "manera diferente de entender la realidad", y el enfermo mental es una especie de artista libre y feliz en su locura. Yo mismo, en determinada época de mi vida (muy jovencillo) creí en parte esta sandez, le veía un hálito "romántico" a la locura. Pero tras conocerla de primera mano, tras años de trabajar con ella y con quienes la padecen, aquellas ideas sólo me dan asco. No, el enfermo mental no es libre... al contrario, la enfermedad limita gravemente su libertad, le impide ser quien realmente es. Y el daño, el terrible daño que han hecho los pijos de la antipsiquiatría es inconmensurable. En España han sido erradicadas las instituciones mentales, y el enfermo tiene que estar en su casa, con todos los tremendos inconvenientes que acarrea: desde sus problemas de comportamiento (quien no haya visto una crisis psicótica no tiene ni la más remota idea de lo libre y creativa que puede llegar a ser) hasta el hacer que tome de manera adecuada su medicación. Es uno de los graves riesgos que asumimos cuando permitimos que la anticiencia reemplace a la ciencia en cualquier campo.

Así pues, mi interés por la enfermedad mental no ha disminuído al conocerla de cerca y convivido con ella. Al contrario, he hecho cursos de especialización, y leo todo lo que cae en mis manos, ya que el avance de la neurociencia es espectacular y abre nuevos caminos a la psiquiatría casi cada día. Sé que el día en que pueda hablarse de curación está aún lejano, pero mientras tanto, como comenté en la entrada sobre el Alzheimer, nos queda una gran arma: la compasión. Estar con ellos en los momentos malos, y disfrutar con ellos en los buenos. Al fin y al cabo, la diferencia entre ellos y yo es sólo de grado... como le dijo un paciente de una institución mental a Thuillier, "si nosotros fuéramos más, vosotros estaríais aquí".

El levantamiento de Varsovia

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El alzamiento del Ghetto de Varsovia (1943)
Tal día como hoy, el 2 de octubre de 1944, se daba por aplastado el levantamiento de Varsovia. Un puñado de polacos hicieron frente a la maquinaria de guerra alemana durante 63 días. Se calcula que al menos 250.000 civiles murieron, la mayoría ejecutados, y el 85% de la ciudad fue destruída. Es de destacar la cínica actitud de los aliados, que se negaron en redondo a socorrer a los polacos; por no hablar de los soviéticos, que llegaron a arrestar y ejecutar a los emisarios que los polacos enviaron para solicitar su ayuda. Tras la caída, la ciudad entera fue vaciada, y sus habitantes enviados a campos de concentración como el Durchgangslager 121, y los de Ravensbruck, Auschwitz y Mauthausen, entre otros.
Quiero honrar su memoria con un relato que escribí hace mucho, en memoria de otros polacos: los judíos que un año antes protagonizaron el levantamiento del Ghetto de Varsovia, una lucha desigual e imposible, pero que forjó en las conciencia de millones de judíos una idea clara: que nunca más serían víctimas inermes camino del matadero.

In memoriam de Mordecai Anielewicz y sus hombres, que resistieron hasta la muerte a las tropas SS de Jürgen Stroop.

La tierra temblaba con cada explosión. Tras la sorpresa inicial al ser rechazados por la organización de resistencia del ghetto, los SS habían traído tanques, que ahora laminaban centímetro a centímetro el viejo barrio judío de Varsovia. Una espesa nube de humo cubría el sitio, y se desarrollaban feroces combates casa por casa, agujero por agujero. Los nazis no daban cuartel, y los defensores no lo esperaban tampoco. Las noticias de Cracovia estaban frescas en sus mentes, de modo que sabían que su destino era la muerte, peleando o incinerados como animales. Mordecai había hecho un trabajo impecable. Día tras día habían introducido armas y munición en el ghetto, disimuladas entre las patatas o la madera, con riesgo de sus vidas...en verdad eran muchos los que habían pagado el precio más alto por ese contrabando. Pero a ningún jefe SS se le había pasado siquiera por la imaginación que las “ratas judías” se atreverían a enfrentarlos a ellos, los seres superiores que regirían el Reich de los Mil años.

Al intentar entrar en el área, esperando la sumisión y el terror de siempre, se encontraron con una feroz resistencia, y Moshe estaba allí. Recordaba con toda claridad aquel primer enfrentamiento: los confiados soldados, los perros anhelando su ración de sangre, el arrogante oficial al mando. Los dejaron pasar un buen trecho antes de abrir fuego... Moshe apuntó con su viejo fusil al oficial, que avanzaba con aire soberbio y esperó la señal. Cuando el SS se llevó el megáfono a la boca para comenzar la limpieza, sonó un disparo. El nazi miró sorprendido, y en ese momento el partisano disparó, haciendo salir despedido al oficial como un pelele enloquecido. Una descarga cerrada sorprendió a los soldados en medio de la calle, y el olor de la pólvora inundó todo, mientras el humo se unía a los alaridos de dolor y  la sangre corría por el viejo empedrado. Los SS se retiraron arrastrando a sus heridos, y Moshe sintió la feroz alegría de saber que fuera cual fuese su destino, no sería morir inerme, como un borrego en el altar del sacrificio. Luego, había perdido la noción del tiempo. Pasando de casa en casa, por las alcantarillas, había tendido emboscadas con su reducido grupo a los alemanes mientras la batalla crecía y crecía. Los SS, fieles a su estilo y a las órdenes recibidas, ejecutaban en el acto a los heridos y a los civiles que lograban capturar. Ésa había sido la parte más dura para Moshe, ver impotente por lo reducido de su grupo (habían perdido tres hombres sólo en el primer día) como los nazis arrastraban fuera de sus casas a mujeres, ancianos y niños despavoridos, para luego, ceremoniosamente, esparcir sus sesos por la calle de un único disparo de sus Luger. Tener que sortear los cuerpos que vertían su sangre inocente era mucho más duro que el temor a la muerte.

Ahora estaba esperando al final de una calle, por donde sabía que entrarían las tropas. Recontó su munición, escasa, demasiado escasa. Cuando volvió a alzar la vista se quedó helado...la ominosa silueta de un panzer de las Waffen SS acababa de doblar la esquina, seguido por la infantería. Supo que la cosa se acababa. Recordó los viejos felices tiempos, cuando podía pasear por Varsovia libremente, la fragancia de los árboles en los parques durante la primavera, una vieja librería regentada por un anciano judío que ya sólo sería cenizas esparcidas en algún lugar cerca de Auschwitz... y también recordó la llegada de los alemanes, la humillación de llevar la estrella amarilla, las feroces cacerías de las SS cuando fueron confinados en el ghetto, la estupefacción e incredulidad general cuando llegaron los primeros rumores del destino que les esperaba...pensó en sus padres aterrorizados, escondidos en un sótano, esperando oír las botas de sus verdugos. Una rabia infinita le llenó el corazón, apuntó a las negras siluetas y comenzó a disparar salvajemente, sin control. El tanque movió su torreta y efectuó tres disparos hacia su sitio en rápida sucesión...la tierra explotó bajo él, y se sintió arrojado al aire como un muñeco, hasta que el frío empedrado golpeó brutalmente su espalda. Intentó moverse sin éxito...casi no veía, cegado por la sangre y el polvo, y sus miembros no le obedecían. En su cabeza sonaba muy débilmente una antigua canción de cuna que su madre solía cantar hacía ya tanto tiempo... qué será de ella, alcanzó a pensar. No vió al joven SS que se paró a unos metros de él, murmuró “puta basura judía”, y apuntando con cuidado a la cabeza de Mosche efectuó un único disparo, como ordenaba el reglamento.
Las negras tropas siguieron avanzando, mientras la sangre de Mosche se ennegrecía, humeante, sobre la calle.