¡Odio el verano!

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Mi idea del infierno
Ya sé lo que piensan tras leer el título de este post. Que estoy más pallá que pacá, que sufro trastorno límite de la personalidad no diagnosticado ergo no medicado, que soy más raro que un perro verde, etcétera. Y cuando añada que odio profundamente la playa y toda la parafernalia que la rodea, y que mi idea del infierno es bastante parecida al destino vacacional favorito de la mayoría de los españoles (y argentinos), la primera impresión seguro que se ve corroborada. Pero es lo que hay: el Peregrino Gris odia el verano, el calor y todo (o casi: la disminución del volumen de la vestimenta femenina se agradece) lo que trae aparejado.

No creo que esta aversión tenga su origen en ningún tremebundo trauma freudiano: no intentaron abusar de mí en la playa, no me persiguió un tiburón (si lo hubiera hecho no estaría escribiendo esto, ya que no sé nadar), mis veranos fueron normalitos (bueno... depende del punto de vista), comiendo mandarinas y leyendo bajo la sombra del árbol (un mandarino, obviamente). Pero ya desde preadolescente manifesté mi horror por la playa... y eso que a las que fuimos no eran las supermasificadas de Mar del Plata, donde no hay arena, sino una alfombra humana; las mías eran mucho más al sur, en un sitio llamado Necochea. No veáis la lucha de mi madre por impedir que fuera a la playa con pantalón largo y camisa (no lo consiguió, añado), pero de todos modos ya en aquellos lejanos años no le veía yo la gracia a aquello. Te asabas al sol de mala manera, la comida tenía arena, el viento patagónico amenazaba con llevarte de vuelta a Buenos Aires sin necesidad de tren... lo único que podía hacer era leer, ya que como he dicho no sé nadar, y maldita la gracia que me hacía meterme en las heladas aguas del Atlántico. Para este viaje no hacían falta estas alforjas, pensaba: podría estar haciendo exactamente lo mismo, bajo mi árbol y con la nevera a mano.

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Esto es lo mío
En España tres cuartas partes de lo mismo: visité el Mediterráneo por motivos sentimentales (Serrat y mi padre, obviamente), pero me pareció igual que lo otro, sólo que en vez de agua helada era sopa de pollo pasada de sal a punto de hervir. Como diría Kurtz... el horror... el horror...
Os regalo todas las playas de todos los continentes del planeta Tierra y si me apuran de toda la Galaxia y el Universo conocido. Dadme frío y bruma, bosques con sombra y musgo, dadme lluvia, llovizna, orbayo, garúa, txirimiri. Ya me encargo yo de abrigarme con mis magníficas chaquetas Solognac, con las que puedes dormir directamente sobre la nieve. Dadme la lluvia en la ventana, mi calefactor de aire caliente y mi ordenador o un buen libro.
Hay quien asocia el invierno, el frío y la bruma con la melancolía y el verano y el calor con la alegría. Pues si es así, llamadme melancólico. No encuentro nada malo en la melancolía, pero de todos modos no es así para mí. Es simplemente una época de tranquilidad, sin la estridencia chillona del verano. Ya os conté, en mi post anterior, que soy un fan de la radio: para apuntalar mi opinión, no hay más que escuchar la programación veraniega: superficial, tonta, descerebrada... no hay color. 

Para terminar, quisiera citar unas palabras del gran Alejandro Dolina, de su libro "Crónicas del Ángel Gris":

"Cruel como el Carnaval es el verano. Se necesita guapeza para enfrentarlo, para dominarlo y gozarlo en su brutalidad pagana. Nosotros, de este lado, hombres fuertes y jóvenes, pero tocados ya por el mal del otoño y de las sombras, nos atrevemos todavía a compadrear ante el sol.
No tenemos miedo a meternos bien adentro, allí donde no se hace pie. Pero sabemos que ya tras el horizonte ha nacido una ola que se va acercando a la playa. Pronto nos alcanzará y de un solo saque nos apagará las últimas brasas del alma. Después... ya no habrá mas olas para nosotros."

Ése es el don de un escritor: don Alejandro ha sintetizado en dos frases todo lo que quise decir en este post. Pero qué le vamos a hacer... se hace lo que se puede. ¡Y a ver si llega de una vez el dichoso otoño!.